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miércoles, 15 de enero de 2014

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Mateo 3, 13-17.


El que va a quitar el pecado del mundo

P. Félix Zaragoza S.

Jesús, al entrar en escena en su vida pública, después de ser bautizado, es presentado por el mismo bautista.   La presentación no puede ser más escueta: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Se trata, por supuesto, de un calificativo mesiánico. Ya el profeta Isaías había relacionado la llegada del Mesías con la liberación del pecado, cuyos estragos impedían que el pueblo fuera feliz. Este será el cometido de Jesús: su misión será quitar todo obstáculo que impide una vida digna y dichosa para todos los hombres.


Los cristianos hemos olvidado con frecuencia algo que es nuclear en el evangelio. El pecado no es solamente algo que se puede  perdonar, sino algo que debe ser quitado y arrancado de la humanidad.

Y cuando se habla de “pecado del mundo” no se está hablando de los pecados que se cometen en el mundo, en los errores en que cae cada persona particular en su actuación. No. Se está hablando del modo de  entender las relaciones humanas que se ha impuesto desde el poder, la opresión, la mentira y todo lo que crea desigualdad y atenta contra los derechos y dignidad de cada persona.

Este “pecado del mundo” está presente no sólo en el corazón del hombre, sino también en el interior de las instituciones, estructuras y mecanismos que funcionan en nuestra economía, nuestra política y nuestra convivencia social. Por eso le llamamos “pecado social”, “pecado estructural”.

Nos dice Monseñor Oscar Romero: “Ahora sabemos mejor lo que es el pecado. Sabemos que la ofensa a Dios es todo lo que da muerte al hombre… El pecado es “mortal”, pero no sólo por la muerte espiritual de quien lo comete, sino por la muerte real y objetiva que produce en quien se comete. Pecado fue dar muerte al Hijo de Dios, y pecado sigue siendo todo aquello que da muerte a los hijos de Dios… Se ofende a Dios cuando se ofende al hermano”.

Por eso, desde el principio, Jesús es presentado como alguien que “quita el pecado del mundo”. Alguien que no sólo ofrece el perdón, sino también la posibilidad de ir quitando todo lo que va contra la vida digna y dichosa de cualquier persona.

Creer en Jesús no consiste sólo en abrirnos al perdón de Dios. Creer en Jesús y seguirle es comprometernos en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado: injusticias, desigualdad, opresión, mentira… que dominan en nuestro mundo con todas las consecuencias que afectan en la vida de las personas.

Hablar de “quitar el pecado del mundo”, por tanto, no es sólo preocuparse de los pecados personales que cada uno puede cometer, sino que más bien se refiere a luchar contra lo que llamamos “pecado social” o “pecado estructural”.

Según el autor de la carta a los Efesios, “nuestra lucha no es en primer lugar contra la carne y la sangre, sino contra los poderes de este mundo”.

Quizá tengamos que comenzar por tomar conciencia más clara de lo que este pecado del mundo, social, estructurado, afecta a la humanidad, pues nos va deshumanizando. Por eso hay que arrancar de raíz, porque el mundo está literalmente preso en un círculo diabólico del que no tiene salida a partir de su propia dinámica, la cual, a nivel mundial, consiste claramente en que los ricos sean cada vez más ricos, y los pobres sean cada vez más pobres. Por eso, se hace imprescindible romper ese círculo y esa dinámica.

Hoy, con esta misma calificación de Cristo como “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, nos presenta el sacerdote el Cuerpo y la Sangre de Cristo antes de comulgar. Así, cada vez que comulgamos el Cordero de Dios, se nos ofrece la posibilidad de ir quitando ese pecado que, en definitiva,  es luchar por el Reino de Dios y su justicia.

jueves, 9 de enero de 2014

I DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Mateo 3, 13-17.


"El Bautismo de Jesús,
La Vocación de Jesús"

P. Félix Zaragoza S.


Hoy celebramos la última fiesta del ciclo de Navidad y, a la vez, damos  comienzo al Tiempo ordinario.

Después de su  manifestación en el niño del pesebre, Dios se da a conocer en su Hijo Amado en el umbral de la vida pública de Jesús: en el bautismo en el Jordán.

Si la Navidad ha sido celebrar “la Encarnación”, si el nacimiento es asumir nuestra naturaleza humana, hacerse hombre para estar con nosotros y como nosotros, encontrarlo hoy en la fila de los pecadores que se disponen a recibir el bautismo del Bautista, es llevar a la práctica esa encarnación. Se hace solidario con la humanidad pecadora. Y es que la salvación se hace presente donde está el pecado. Así, el Salvador, el nacido en el pesebre, entra en acción.

Con su bautismo en el Jordán Jesús acaba su vida oculta y empieza su vida pública. Jesús no vuelve ya a su trabajo de Nazaret. Al salir del agua vive una experiencia que lo impulsa a marchar hacia Galilea para comenzar su propia misión. Animado por el Espíritu, comenzará una vida nueva, totalmente entregado al servicio del Reino de Dios.

Jesús vivió en el bautismo una experiencia que marcó para siempre su vida. En esta experiencia toma conciencia de su propia vocación.

Como es natural, los evangelistas no pueden describir lo que ha vivido Jesús en lo más profundo de su corazón, pero han sido capaces de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos de hondo significado. “Los cielos se rasgan”: Ya no hay distancias entre Dios y los hombres. Se oye una voz venida del cielo: “Tú eres mi hijo, el amado, mi predilecto”. Esto es lo que Jesús escucha de Dios en su interior: “Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente. Me llena de gozo que seas mi hijo. Me siento feliz”.

Esto mismo es lo que ocurre en nuestro bautismo, pero ¿lo sentimos como lo sintió Jesús?

De esta experiencia brotan dos actitudes que Jesús vive y trata de contagiar a todos: confianza increíble en Dios y docilidad incondicional.

Por eso no se queda en el desierto con el bautista, sino que empieza a hacer gestos de bondad: cura enfermos, defiende a los pobres, toca a los leprosos, acoge a los pecadores, abraza a niños de la calle…

Y todo esto lo hace porque se siente lleno del “Espíritu” bueno de Dios, que le empuja a potenciar y a mejorar la vida de la gente. Lleno de ese Espíritu bueno de Dios, se dedica a liberar   a la gente de “espíritus malos”, que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar…

En realidad, podemos decir que la experiencia del bautismo ha sido para Jesús el llamado de su propia vocación: ha escuchado el llamado del Padre y es consciente de vivir poseído por el Espíritu de Dios para llevar a cabo la misión que el Padre le ha confiado.
            El profeta Isaías, según la primera lectura de hoy, ya había anunciado cuál sería el estilo de su actuación: “No gritará, no clamará… la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará… para implantar la justicia en la tierra”.
            Esta es también nuestra vocación cristiana. El papa Francisco nos dice: “la esencia de nuestra vocación es “darse a los demás”. “El discípulo de Cristo no puede poseerse a  sí mismo. Su posición no es de centro, sino de periferias: vive intencionado hacia las periferias.

El bautismo de Jesús es el modelo más perfecto de nuestro bautismo. Para nosotros el bautismo es también el inicio de un camino y de una misión. En el bautismo nace nuestra vocación.

Tarde o temprano, todos nos tenemos que preguntar cuál es nuestra vocación: cuál es la razón última de nuestro vivir diario y para qué comenzamos un nuevo día cada amanecer. No se trata de descubrir grandes cosas. Sencillamente, saber que nuestra vida puede tener sentido para los demás, y que nuestro trabajo puede servir para que alguien tenga una vida más digna y dichosa.

No se trata tampoco de escuchar un día un llamado extraordinario y definitivo. El sentido de la vida lo vamos descubriendo a lo largo de los días, mañana tras mañana. En toda vocación hay algo de incierto. Siempre se nos pide una actitud de búsqueda, disponibilidad y apertura.

¡Renovemos nuestro bautismo! ¡Tomemos conciencia de nuestra vocación!

miércoles, 20 de noviembre de 2013

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY, REY DEL UNIVERSO



Lucas 23, 35-43.
"Servir es reinar"
en el Año de la Fe
P. Félix Zaragoza S.


Hoy, que ya es el último domingo del año litúrgico, celebramos la fiesta de Cristo Rey del Universo. Hoy también se clausura el año de la fe.

            El evangelio de Lucas, que nos ha acompañado durante este año, nos sitúa en el calvario, en el momento culminante de Jesús: su entrega hasta la muerte. Hoy se nos invita a resumir todo lo contemplado a lo largo del año en una sola mirada: Jesús, el único que vale la pena tener ante los ojos. “¡Mirarán al que traspasaron!”.

            “La gente estaba allí mirando” dice el evangelio de hoy. Nosotros podríamos situarnos con esa gente en el calvario, para mirar a Jesús en el momento culminante de su muerte. Sólo una mirada desde el silencio nos permitirá contemplar el misterio de la Cruz de Jesús y de todas las cruces que rodean a la de Jesús:  “había otros crucificados con él”. Una mirada al crucificado nos centrará esta fiesta de que Cristo es Rey, pero no como los reyes de este mundo.

            Dejemos también que resuene por dentro ese breve diálogo tan elocuente, esa plegaria de otro crucificado: “Jesús acuérdate de mí cuando estés en tu reino” y la respuesta de Jesús: “Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

            Nuestra Iglesia está presidida por la imagen del Crucificado. Ahí está nuestro Dios y ahí están también, como en el calvario, otros “crucificados”: personas que sufren crucificados por la desgracia, las injusticias y el olvido: niños que mueren de hambre, mujeres maltratadas, niños violados, ancianos ignorados, emigrantes sin papeles y sin futuro, torturados y asesinados, tantos que sufren y mueren abandonados.

            Hoy, al contemplar a Jesús como Rey del Universo, lo vemos en una cruz. ¿Qué hace Dios en una cruz? Despojado de todo poder, de toda belleza estética, de todo éxito político y de toda aureola religiosa. Es rey con corona, pero de espinas. No tiene otro manto regio que su propia piel. En sus manos no hay otro cetro que el fierro frío y penetrante de los clavos. Así, Dios se revela en lo más puro e insondable de su misterio, como amor y sólo amor. Por eso padece con nosotros, sufre con nuestro sufrimiento y muere con nuestra muerte.

            Al contemplar a Jesús como rey en una cruz no lo podemos ver a él solo. En el calvario no está solo. Hoy tampoco.

            Por eso, esa cruz de Cristo, levantada en el centro de la Iglesia, es “memoria” conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con tantos inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

            Esa cruz nos recuerda que Dios sufre con nosotros. ¿Qué significa la imagen del crucificado si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

            Al clausurar el Año de la Fe, nos tenemos  que preguntar: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos estamos dando cuenta de lo que decimos creer? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios? ¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre  nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al crucificado si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

            Un  “Dios Crucificado” no es un ser “Todopoderoso”, majestuoso, inmutable, ajeno a los sufrimientos, sino un Dios humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte.

            Con la cruz, o termina nuestra fe en Dios o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios  que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Esta es la manera más auténtica de celebrar la fiesta de Cristo Rey del Universo: Mirar al Señor, pero sin desviar la mirada de los otros crucificados, para reavivar nuestra compasión hacia los que sufren.

jueves, 14 de noviembre de 2013

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Lucas 21, 5-19.
"¿De qué fin del mundo habla Jesús?"
en el Año de la Fe
P. Félix Zaragoza S.


El domingo recién pasado hablábamos de nuestra muerte, no como un fin definitivo, sino desde nuestra fe en la resurrección. Hoy escuchamos a Jesús hablar sobre lo que llamamos el fin del mundo. Pero de ¿qué fin se trata?

Estamos ante un texto de difícil explicación, ya que viene envuelto en un ropaje extraño, en un género literario llamado apocalíptico, muy lejano al lenguaje de nuestra cultura actual.

Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos que lo acompañan se admiran al contemplar “la belleza del templo”. Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Jesús ve el templo de manera más profunda: en ese templo tan grandioso no se está acogiendo el proyecto de Dios: el reino de Dios. Por eso Jesús lo da por destruido: “Esto que contemplan llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

La manera de vivir la religión en torno al templo es engañosa y perecedera, ya que no está de acorde con el querer de Dios: “el reino de Dios y su justicia” y no se escucha el llanto y el clamor de los que sufren. Por eso “todo será destruido”. Esa religión en torno al templo llegará a su fin.

Según la mentalidad judía, el mundo se acabaría el día en que el templo de Jerusalén fuera destruido. Preguntar por la destrucción del templo equivalía a preguntar por el fin del mundo: “¿Cuándo va a ocurrir esto?”. Jesús no responde directamente a la pregunta de los discípulos. Jesús dice: “Cuidado con que nadie les engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: Yo soy, o bien: el momento está cerca. No vayan tras ellos. Cuando hablen de guerras, desastres… no tengan miedo. Todo eso tiene que ocurrir, pero el final no llegará tan luego…”.

Ni las guerras, ni las revoluciones, ni las catástrofes naturales, ni los falsos mesías de cualquier clase son anticipo ni anuncian el fin del mundo.

Más aún, ante estos acontecimientos que algunos ven como “signos del fin del mundo”, el cristiano tendrá que sufrir y padecer mucho: “les perseguirán por causa de mi nombre… con vuestro aguante y perseverancia conseguirán salvar vuestras vidas”.

Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos del desprecio o resentimiento. El mismo evangelio de Lucas nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús “se echó a llorar”. Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la misericordia y la compasión sí.

Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una “religión vieja” que no se abre a “la novedad del reino de Dios”. Sus lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo.

La actuación de Jesús arroja no poca luz sobre la situación actual. A la crisis actual en la Iglesia, la manera de abrir caminos a la novedad creadora del reino de Dios es dar por terminado todo aquello que alimenta una “religión vieja”, caduca y que no  genera la vida que Dios quiere introducir en el mundo.

Dar por terminado algo vivido de manera “sagrada” durante siglos no es fácil. No se hace condenando a quienes quieren “conservar” lo de antes como eterno y absoluto. Se hace “llorando”, pues los cambios exigidos por la conversión al reino de Dios hacen sufrir a muchos. Este es el camino abierto por el Concilio Vaticano II y en este sentido se sitúan  los signos que viene realizando el Papa Francisco.

Los profetas denuncian el pecado en la Iglesia con signos claros de conversión. Lo hacen “llorando”, padeciendo y perseverando. Pero, como “dolores de parto”, esperando una nueva manera de vivir la religión más llena de evangelio. Según San Pablo, “la creación entera está gimiendo con dolores de parto… esperando su liberación”.

Jesús nos invita a enfrentarnos con lucidez y responsabilidad.

Lo que nos puede llevar a establecer la justicia del reino de Dios no es la violencia, que pretende resolver todo por la fuerza, ni la resignación de los que se cansan de seguir luchando por un futuro mejor más conforme con el mismo Evangelio.

No es el mismo mundo que Dios creó y vio que era bueno, lo que va a ser destruido. Lo que llegará a su fin es la injusticia, la opresión, la mentira… para establecer el reino de Dios que es justicia, libertad, paz, vida, y amor.

No sabemos cómo será ese final, pero no será un final catastrófico, sino de sublimación, en que “Dios será todo en todo”.

jueves, 7 de noviembre de 2013

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 20, 27-38.
"Después de la muerte ¿qué?"
en el Año de la Fe
P. Félix Zaragoza S.

El evangelio de este domingo nos presenta una situación en que los saduceos, un grupo que no creía en la resurrección, como tantas personas en la actualidad, plantean a Jesús el caso de una mujer que quedó viuda siete veces y le preguntan: “¿De cuál de ellos será esposa en la resurrección?, pues los siete la tuvieron por mujer”.

La manera de hacer la pregunta da a conocer el concepto que tienen del matrimonio: una pura relación legal destinada a la reproducción.
            
Con la preguntan pretenden, así, ridiculizar la creencia en la vida después de la muerte. Pero  Jesús no entra en el terreno de la broma y manifiesta su fe en la resurrección y que Dios es un “Dios de vivos y no de muertos”.
            
Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos, que imaginan la vida de los resucitados como prolongación  o calco de esta vida que ahora conocemos, como si resucitar fuera simplemente un revivir para volver a vivir como antes.
            
Es un error representarnos la vida resucitada por Dios  a partir de nuestras experiencias actuales. Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrena y esa vida plena que esperamos. Esa vida que situamos en “el cielo”, es una vida absolutamente “nueva”. Por eso la podemos esperar, pero nunca describir o explicar.
            
“Dios no es un  Dios de muertos, sino de vivos. Para Dios todos están vivos”. Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le puede ir quitando a Dios sus hijos después de unos años de vida. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
            
Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que la muerte. Dios crea a sus hijos, los cuida, los defiende, se compadece de ellos y rescata su vida del pecado y de la muerte.
            
Dios es amigo de la vida. Por eso se compadece de todos los que no saben o no pueden vivir de manera digna. No descuida nada de lo que ha creado. Ama a todos los seres, de lo contrario no los hubiera creado. Mucho más a sus hijos que los ha creado a “su imagen y semejanza”.
            
Jesús nos propone a los hombres que vivamos y ayudemos a vivir, amando a los demás sin límites. Así, asegura una vida definitiva a todos los que se preocupen por la vida de los necesitados: “porque tuve hambre y me diste de comer…  entra a casa a gozar del reino de los cielos”.

¿Por qué hemos de morir?

Algo se subleva dentro de nosotros ante la muerte. Sí desde lo más hondo de nuestro ser nos sentimos hechos para vivir, ¿por qué hemos de morir?
            
El hombre es el único animal que sabe que va a morir. Buscamos una mejor calidad de vida. Nos damos cuenta de que la vida debería ser mejor para todos: más segura, más feliz, más larga… En el fondo anhelamos vida eterna.
            
No es difícil  de entender la actitud de vivir sin pensar en la “otra vida”. En las encuestas sobre la fe, el tema de la resurrección aparece como uno de los menos aceptados por la mayoría de los creyentes. ¿Para qué pensar en otra vida, si sólo estamos seguros de esta vida? ¿No es mejor disfrutar al máximo nuestra vida actual?
            
Son preguntas que están en la conciencia del hombre contemporáneo.
            
Sin duda, esta vida finita encierra un gran valor. Es muy grande vivir, aunque sólo sea unos años. Es lindo amar, gozar, luchar por un mundo mejor… Pero hay algo que, honradamente, no podemos eludir: la verdad última de todo proceso sólo se capta en profundidad desde el final.
            
Si lo último que nos espera a todos y a cada uno es la nada, ¿qué sentido último  pueden tener nuestros trabajos, esfuerzos, progresos…?, ¿qué  decir de los que han muerto sin haber disfrutado de felicidad alguna?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas, sufridas, perdidas o sacrificadas?, ¿qué esperanza puede haber para ellos?, ¿qué esperanza puede haber para nosotros mismos, que no tardaremos en desaparecer de esta vida sin haber visto cumplidos nuestros deseos de felicidad y plenitud?
            
El misterio último de la vida exige alguna respuesta. Alguien ha dicho: “De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada”. Desde los límites y la oscuridad  de la razón humana, los creyentes nos abrimos con confianza al misterio de Dios.
            
Dios no es sólo el creador de la vida sino que también, es el resucitador que la lleva a su plenitud. Dios nos ha creado para vivir: esta vida y la vida eterna.

miércoles, 30 de octubre de 2013

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Lucas 19, 1-10.
"¡Un adulto rico subido a un árbol!"
en el Año de la Fe
P. Félix Zaragoza S.


El evangelio de hoy nos cuenta la historia de Zaqueo, un cobrador de impuestos, como el personaje del evangelio del domingo pasado que “salió del templo purificado”. Por ser recaudador de impuestos es despreciado y marginado por su pueblo. No es un hombre querido. La gente le considera “pecador”. Un hombre que no sirve a Dios, sino al dinero. Se ha enriquecido: es rico. Pero es “bajo de estatura”. No tenía la altura adecuada para ver a Jesús.

Un posible significado del nombre de Zaqueo es “Dios se ha acordado”. Jesús vino a buscar al que está “olvidado”, “perdido”.

Con todo “quería ver quién era Jesús”. Ha oído hablar de él, pero no lo conoce. Quiere ver a Jesús, pero no podía hacerlo por causa de la multitud. Tiene que superar diferentes obstáculos. Es “bajo de estatura”, sobre todo porque su vida no está motivada por ideales grandes. El egoísmo nos achica, encoge el corazón, nos hace “manos de guagüita”.

La gente es otro impedimento: tendrá que superar prejuicios sociales. Es un excomulgado de su propio pueblo.

Pero Zaqueo prosigue su búsqueda con sencillez y sinceridad. “Corre” ´para adelantarse a todos y se sube a un árbol como un niño. No piensa en su dignidad de señor y  autoridad de jefe de cobradores de impuestos. Busca ver a Jesús. Probablemente ni el mismo sabe lo que anda buscando: verdad, paz, una “vida digna, lograda y feliz”.

Es entonces cuando descubre que Jesús también lo está buscando a él, pues, al llegar a aquel lugar, fija en él su mirada y le dice: “El encuentro será hoy mismo en tu propia casa de pecador”. Zaqueo se baja y lo recibe en su propia casa lleno de alegría.

Hay momentos decisivos en los que Jesús pasa por nuestra vida porque quiere salvar lo que hoy nosotros estamos echando a perder. No hemos de dejarlos pasar.

Jesús lo llama por su nombre. Ya sabemos lo que significa: “Dios se ha acordado”, “Dios no se olvida”. Jesús le ofrece su amistad personal: comerá en su casa, le escuchará, podrán dialogar. Acogido, respetado y comprendido por Jesús, Zaqueo decide reorientar su vida. Descubre que lo importante no es acaparar, sino compartir. No le importa “ser pequeño”. Decide hacerse todavía más pequeño: achica sus riquezas.

Al encontrarse con Jesús cambia su manera de mirar la vida: Ya no piensa sólo en su dinero, sino en los sufrimientos de los demás, hace honor a su nombre: “Dios se acuerda”
de los pobres. Cambia su estilo de vida: hará justicia a los que ha explotado y compartirá sus bienes con los pobres.

Esta es la conversión de un rico subido en un árbol. ¿Cuál tiene que ser nuestra conversión? Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de “instalarnos” en la vida renunciando a cualquier aspiración de vivir con más calidad humana. Todos debemos saber que un encuentro más auténtico con Jesús puede hacer nuestra vida más humana y más solidaria. Y es que el evangelio es “una fuerza para vivir”.

No lo hemos de olvidar. El Dios cristiano es un Dios que busca reavivar y reconstruir lo que nosotros podemos estropear y echar a perder. Dios no es carga pesada, sino vigor y estímulo para vivir con acierto.

martes, 22 de octubre de 2013

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 18, 9-14.
"Dos maneras de rezar"
en el Año de la Fe
P. Félix Zaragoza S.


En el evangelio de hoy Jesús contrapone la oración arrogante del fariseo (a la vista de todos un hombre bueno) y la oración sencilla y confiada de un pecador-recaudador de impuestos (a la vista de todos un hombre malo).

La parábola de hoy es una de las más desconcertantes de Jesús. Un piadoso fariseo y un pecador-recaudador de impuestos suben al templo a orar. ¿Cómo reaccionará Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta? Esta es la pregunta de fondo. ¿Cuál es la postura acertada ante Dios?

El fariseo está convencido de estar a bien con Dios. Ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de nada. Todo lo hace bien. No es hipócrita. Lo que dice es verdad. Cumple fielmente la ley, e incluso la sobrepasa. Todo lo agradece a Dios: “¡Oh Dios!, te doy gracias”. Si este hombre no es santo, ¿quién lo va  a ser? Seguro que puede contar con la bendición de Dios.

El pecador-recaudador, por el contrario, se retira a su rincón. No se siente cómodo en aquel lugar santo. No es su sitio. Ni siquiera se atreve a levantar sus ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado. No intenta disimular sus errores. No promete nada. No puede dejar su trabajo donde se roba con facilidad, ni devolver lo que ha robado. No puede cambiar su vida. Sólo le queda abandonarse a la misericordia de Dios: “¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy un pecador”. Nadie querría estar en su lugar. Es impensable que Dios pueda aprobar su conducta.

De pronto Jesús concluye su parábola con una afirmación desconcertante: “Yo os digo que este pecador-recaudador bajó a su casa justificado, y aquel fariseo no”.

A los oyentes se les rompen todos los esquemas. Quizá a nosotros también. Si es verdad lo que dice Jesús, ante Dios no hay seguridad para nadie, por muy santo que se crea. Todos hemos de recurrir a su misericordia.

Esta conclusión de Jesús es revolucionaria. El pecador no ha podido presentar a Dios nada bueno, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia. Vuelve transformado, bendecido, “justificado” por Dios.

El fariseo, por el contrario  ha decepcionado a Dios. Sale del templo como entró: sin conocer la mirada misericordiosa de Dios. En su corazón sólo cabe el amor a sí mismo. Su corazón es de piedra, como las tablas de su ley. Tras su aparente piedad se esconde una actitud “atea”. Este hombre no necesita de Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo. Se cree grande porque empequeñece a los demás.

Hay algo fascinante en Jesús. Es tan desconcertante su fe en la misericordia de Dios que no es fácil creer en él. Es tan sensible al sufrimiento del  hombre que es imposible no comprometerse con él.

El pecador era consciente de su falta de amor. No tiene nada que ofrecer a Dios,  pero sí mucho que recibir de Dios: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad. Por eso Dios le rehabilita y le capacita para amar.

Hoy el evangelio nos alerta de un peligro, de un pecado, demasiado extendido: el de “la aristocracia espiritual”. Los cristianos corremos el riesgo de pensar que “no somos como los demás”. La Iglesia es santa y el mundo vive en muchos aspectos en pecado. ¿Seguiremos alimentando nuestra ilusión de inocencia y la condena de los demás, olvidando la misericordia de Dios hacia todos sus hijos? ¿Podremos sentirnos satisfechos como Iglesia? ¿No tendremos que situarnos, más bien, en una Iglesia pecadora y abandonarnos al perdón y misericordia de Dios?

¡Cuánto quisiera que esta reflexión llegara a todos los que se sienten incapaces de vivir de acuerdo con las normas que se imponen en la Iglesia, a los que no tienen fuerza para vivir el ideal moral de la religión, a los que están en la cárcel, a los que no pueden escapar de la droga o de la prostitución…! No lo olviden nunca: Jesús ha venido para ustedes. “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Cuando ustedes se vean juzgados, condenados,…, siéntanse comprendidos por Dios. Cuando se vean rechazados sepan que Dios los acoge. Cuando nadie los perdone, sientan el perdón inagotable de Dios. Ustedes no lo merecen. Tampoco lo merecemos nadie. Pero Dios es así: amor y perdón. No lo olvidemos nunca: según Jesús, sólo salió justificado aquel pecador que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios! ten compasión de mí”.

miércoles, 16 de octubre de 2013

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 18, 1-8.
"La misión en el año de la fe"

P. Félix Zaragoza S.

Antes de dar por terminado el año de la fe, en el domingo universal de misiones, el evangelio de hoy termina preguntando: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.

¿De qué fe se trata? Ya lo sabemos por domingos anteriores que creer en Dios es creer en el Reino y su justicia. Creer en Dios es creer en la vida. Es intuir que el mundo tiene un sentido. Es creer que otro mundo es posible. Creer es confiar en el misterio que encierra la creación: un Dios que es amor.

Por eso, hoy tenemos que preguntarnos cómo es nuestra fe. En qué Dios creemos realmente: ¿Creemos en el Dios de Jesús? ¿Creemos de verdad en el evangelio? Por esta fe es por la que Jesús pregunta si encontrará en la tierra cuando vuelva.

Hoy decimos que muchos se están alejando de la fe. Pero también hay que preguntar: ¿En qué Dios creían? Probablemente fuera una “fe infantil”. Para vivir una fe adulta, al estilo de Jesús, hay que dejar a un lado esquemas y planteamientos infantiles, y aprender a creer de manera más responsable.

Por eso, “si alguien deja de creer en su Dios de madera, no es porque no haya Dios, sino porque el verdadero Dios no es de madera”.

El evangelio de hoy nos presenta una parábola: “el juez injusto y la viuda creyente”. La parábola es breve y se entiende bien. Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma ciudad. Un “juez” al que le faltan dos actitudes: “no teme a Dios” y “no le importan las personas”. Es un hombre sordo a la voz de Dios e indiferente al sufrimiento de los pobres. Es la “antimetáfora” de Dios, cuya justicia consiste precisamente en escuchar a los pobres más vulnerables.

La “viuda” es una mujer sola, privada de un esposo que la proteja y sin apoyo social. Es pobre entre los más pobres. Todo depende de ella. La mujer no puede hacer otra cosa sino presionar, reclamar sus derechos, sin resignarse a los abusos de su “adversario”. Toda su vida se convierte en un grito: “Hazme justicia”. Su petición es la de todos los oprimidos injustamente.

Durante un tiempo el juez no reacciona. No se deja conmover. Después reflexiona y decide actuar. No por compasión ni por justicia. Sencillamente para evitar ser molestado, ya que la mujer era insistente.

La parábola se centra en la fe de la viuda, que confiaba firmemente en alcanzar la justicia a la que tenía derecho.

Si un juez tan egoísta y corrupto termina haciendo justicia a esta viuda, Dios, que es un Padre misericordioso, atento a los más indefensos, “¿no hará justicia a sus pobres que gritan día y noche?”

La parábola nos da un mensaje de confianza en Dios. Los pobres no están abandonados a su suerte, Dios no es sordo a sus gritos. Dios no es “imparcial” hacia los débiles.

El símbolo de la justicia en el mundo grecorromano era una mujer que, con los ojos vendados, imparte un veredicto supuestamente “imparcial”. Según Jesús, Dios no es este tipo de juez imparcial. No tiene los ojos vendados. Conoce muy bien las injusticias que se cometen con los débiles y su misericordia le hace inclinarse a favor de ellos.

¿Qué eco pude tener hoy en nosotros este relato que nos recuerda tantas injusticias?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Nuestra fe es esta, de la que habla el evangelio de hoy, que lucha por el Reino y su justicia, o es más bien una fe que sustituye la sed de justicia por “culto”, “ritos” o vivir devotamente sin complicaciones?

Que la misión de este año de la fe nos fortalezca y, a ejemplo del papa Francisco, unamos fe y vida.

sábado, 12 de octubre de 2013

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lucas 17, 11-19.
"Marginación y agradecimiento"
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.

El evangelio de hoy nos informa de que Jesús sanó a 10 leprosos. Pero sólo uno se volvió para agradecérselo. Este era un samaritano, doblemente marginado: marginado por ser leproso y por ser samaritano.

Diez leprosos llegan al encuentro de Jesús. La Ley del Antiguo Testamento les prohíbe entrar en contacto con él. Por eso “se paran a lo lejos” y desde lo lejos le piden la compasión que no encuentran en aquella sociedad que los excluye: “Ten compasión de nosotros”.

“Al verlos” allí, lejos, solos y marginados, pidiendo un gesto de compasión, Jesús no espera a nada. Dios los quiere ver conviviendo con todos: “vayan a presentaros a los sacerdotes”. Que los representantes de Dios les den la autorización para volver a sus casas y a la sociedad. Mientras iban de camino quedaron limpios.

El sacerdote era quien tenía que verificar la curación y dar el certificado de pureza. La respuesta de Jesús exige mucha fe por parte de los leprosos. Deben ir al sacerdote como si ya estuviesen curados. En realidad, sus cuerpos continuaban cubiertos  de lepra. Pero creyeron en la Palabra de Jesús y fueron a presentarse a los sacerdotes. Y cuando iban caminando quedaron curados. ¡Están purificados! Dejan de estar marginados. La lepra es una marginación creada por la religión, no por Dios. Jesús libera de estos esquemas religiosos.

El relato podía haber terminado aquí. Pero al evangelista le interesa destacar la reacción de uno de ellos. Este hombre “ve que está curado”: comprende que acaba de recibir algo muy grande. Su vida ha cambiado. Entonces, en vez de presentarse a los sacerdotes, “se vuelve” hacia Jesús. Allí está su Salvador.

Ya no camina como un leproso, apartándose de la gente como un marginado. Vuelve exultante, lleno de gozo. Hace dos cosas. En primer lugar “alaba a Dios a grandes gritos”: Dios está en el origen de su salvación. Luego se postra ante Jesús y  “le da gracias”: este es el profeta bendito por el que llega la compasión de Dios.

Jesús no le pide cuentas por desobedecer: no fue al sacerdote. Por el contrario, Jesús le pone como ejemplo. Descubrió en Jesús la presencia de Dios, y se abrió a Dios, adoptando una actitud de agradecimiento y libertad. Y esta actitud, dice Jesús, es la postura acertada: “levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

Así, Jesús, completa la respuesta a la petición que le habían hecho los discípulos el domingo pasado: “auméntanos la fe”.

La fe de la que habla el evangelio es, ya la sabemos también por el domingo pasado, una confianza radical en Jesús que propaga una vida digna, sana y plena para todos. Donde no hay marginados. Todos igualmente hijos de Dios, todos hermanos.

La fe salva de la lepra y, sobre todo, salva de la marginación.

Quizá nos encontremos con un problema: nosotros llamamos “salvación” a unas determinadas cosas y Jesús llama salvación a otras.  Para muchos la salvación queda relegada a  la “vida eterna”, a la salvación después de la muerte, a lo que llamamos “cielo”. Para otros, es conseguir cosas materiales. Para el leproso la salvación es todo: curarse de la lepra, dejar de ser  excluido, poder convivir en sociedad y tener una vida digna, lograda y feliz.

“Los otros nueve ¿dónde están?”, pregunta Jesús. ¿Siguen entretenidos con los sacerdotes, cumpliendo leyes y ritos prescritos? No han descubierto de dónde llega a su vida la salvación. Han sido curados físicamente, pero no entendieron su salvación de raíz. Por lo mismo no supieron ser agradecidos.

El agradecimiento es la clave de la relación cristiana con Dios. Por eso nuestro encuentro dominical se llama “Eucaristía”, que quiere decir: “Dar gracias”.

Se ha dicho que la gratitud está desapareciendo en las relaciones humanas. Vivimos en una “cultura de la sospecha” que hace difícil el agradecimiento. Se ha hecho dogma de fe que nadie da nada gratis a nadie. Estamos en una civilización mercantilista, donde cada vez hay menos lugar para lo gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. En este clima social la gratitud desaparece. Cada cual tiene lo que se merece, lo que se ha ganado.

Así, también Dios sigue siendo un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”. Ante un Dios así no cabe mucho la experiencia religiosa de alabanza y acción de gracias.

Pero Dios nos salva de balde, porque quiere y porque nos quiere. Ante este Dios brota espontáneamente la acción de gracias.

Pocas cosas hay más humillantes que decirle a  alguien: “Eres un desagradecido”.

Hagamos realidad lo que decimos en cada Eucaristía: “Es justo y necesario dar gracias a Dios y alabarle”.

jueves, 3 de octubre de 2013

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 17, 5-10.
"Ser creyente hoy"
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.

El evangelio de hoy nos habla de la fe. Se trata de volver a lo esencial de la fe.


Tener fe no es tener opinión sobre Dios; tampoco una forma cultural o una devoción. La fe de un cristiano es descubrir a Jesús, fiarse de él y acoger el Evangelio.

Cuando los discípulos de Jesús, después de escuchar la parábola del domingo pasado: el rico y el pobre Lázaro…, le piden: “auméntanos la fe”, se sale de la lógica de la cantidad, del tener más o menos fe, y se salta a la calidad. La describe como una semilla pequeña, pero llena de vida, como una fuerza capaz de transformar la sociedad.

Para entender el evangelio de hoy tenemos que recordar las parábolas del Reino. Hay que tener presente la parábola de “la semilla de mostaza”. Crece con ramas como brazos abiertos que acogen a los pájaros, donde entran y salen y ponen el nido. Hoy tenemos que pedir con los apóstoles: “añádenos más fe a la que tenemos”. La fe que vivíamos desde niños parece que hoy es insuficiente. A esa fe tradicional hay que añadirle “algo más” para ser cristiano.

Lo primero que necesitamos hoy los cristianos no es “aumentar” nuestra fe en doctrinas y normas. Lo decisivo es  reavivar en nosotros una fe viva y fuerte en Jesús. Lo importante no es creer cosas sino creerle a él.

No se debe confundir cualquier envoltorio con el corazón de la fe. Es un error confundir la esencia del cristianismo con cualquier creencia, cualquier rito, cualquier precepto moral.

Jesús nos ha mostrado con su vida cómo hemos de creer, en quién hemos de creer, quién es nuestro Dios. Tenemos que rezar con un maestro de la Iglesia: “Dios mío, líbrame de mi Dios”. Puedo creer en un Dios que no es el que Jesús nos da a conocer. El Dios de Jesús se revela primero en quién es Dios para Jesús: Alguien para quien Dios es Dios como no lo ha sido para nadie. No es el Dios “todopoderoso” y lejano, sino un Padre que se parece más bien a una “madre”. No es un Dios pasivo, sino “pasional”, que padece y simpatiza con los hombres, sobre todo los más excluidos. Es un Dios que tiene un proyecto de amor, justicia, libertad y paz  para todos los hombres.

Necesitamos  contagiarnos de su pasión por Dios y su compasión por los últimos. Si no es así, nuestra fe seguirá siendo más pequeña que “un granito de mostaza”. No “arrancará moreras” ni “plantará nada nuevo”.

¿Cómo podemos hoy nosotros, los cristianos de  fe tibia y débil, aprender a creer al estilo de Jesús? Jesús deja a Dios ser Dios, ser un Dios diferente del que con frecuencia creemos.

Más de veinte siglos de cristianismo han dejado mucho polvo y escoria sobre el retablo del credo apostólico. Es urgente restaurar el retablo central de la fe. En los buenos retablos los ángeles están en los aleros, no en los paneles centrales. Estos suelen estar reservados para Dios Padre, a Jesucristo, al Espíritu Santo. No es posible vivir una fe adulta con un catecismo de infancia.

Hoy no se puede creer en Dios como hace unos años. A nosotros nos toca la tarea de aprender caminos nuevos para abrirnos al misterio de Dios. La fe no está en nuestras creencias o en nuestras dudas. Está más allá: en el corazón que nadie, excepto Dios, conoce.

Lo importante es ver si nuestro corazón busca a Dios o lo rechaza. A pesar de toda clase de interrogantes, si de verdad buscamos a Dios, siempre podemos decir desde el fondo de nuestro corazón la oración de los discípulos: “Señor, auméntanos la fe”. El que reza así es ya creyente.

martes, 24 de septiembre de 2013

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 16, 19-31.
"La cultura del consumo"
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.


Seguimos con el tema del domingo anterior: el uso cristiano de los bienes.  Las ideas de Jesús al respecto no agradaron a algunos “amigos del dinero”; por eso dice el evangelio que se burlaban de él. Por respuesta Jesús hoy nos cuenta la parábola del rico “consumista” y el pobre Lázaro.

Fijémonos en que el pobre de la parábola tiene nombre propio: Lázaro, que significa “mi Dios ayuda”. Mientras el hombre rico no tiene nombre. Se le conoce por el sobrenombre, que es un adjetivo descriptivo: “Epulón”, que significa: comilón. Nosotros lo traducimos  por “consumista”. Una persona así, en realidad, no tiene identidad. No es nadie. Es un consumidor. Así se considera hoy en nuestra sociedad. Somos ciudadanos en tanto que consumidores/as, perdiendo cada vez más otras características que nos definen y nos explican. Existimos en tanto en cuanto consumimos y somos consumidos.

La vida del rico de la parábola lo tiene todo. No necesita ayuda alguna de Dios. No ve al pobre. Se siente seguro. Vive en la inconsciencia. Pero su vida, vacía de compasión, es un  fracaso. Su pecado es la indiferencia. ¿No se parece en mucho a nosotros?

Lázaro, por su parte, es un ejemplo de pobreza total: enfermo, hambriento, excluido, ignorado por quien le podía ayudar. Su única esperanza es Dios. ¿No se parece a tantos hombres y mujeres pobres, ignorados, excluidos… hundidos en la miseria?

La mirada de Jesús desenmascara la realidad. Las clases más poderosas y los estratos más pobres parecen pertenecer a la misma sociedad, pero están separados por una barrera invisible: esa puerta que el rico no atraviesa para acercarse a Lázaro.

Jesús no pronuncia palabra alguna de condena. Basta desenmascarar la realidad. Las cosas no pueden quedar así para siempre. Y es que sin la dignidad de los pobres no hay dignidad de nadie.

Así, la parábola parece narrada para nosotros. ¿No estará retratando la poca humanidad de esta sociedad nuestra que pretende progresar y alcanzar mayor bienestar en la medida que dispone de más bienes de consumo olvidando el sufrimiento de los más débiles y de los que no tienen a su alcance esos mismos “bienes”?

Y es que el consumo desmedido desvía la mirada, ciega los ojos y tapona los oídos hasta expropiar la capacidad de reaccionar ante las heridas y el dolor del otro.

El consumismo estructura y configura las relaciones humanas. Configura la forma de vivir. Es lo que da sentido a la vida. Lo peor es que esta manera de vivir se encuentra en una fase de desarrollo vertiginoso y se convierte, a menudo, en una obsesión para muchos.

Por lo tanto, el consumo es una cultura, una forma de ver y entender el mundo y explicarlo, y una manera de dirigir el comportamiento de las personas. Estamos organizados alrededor de algo así como una nueva religión: ritos (ir de compras, templos (centros comerciales), un lenguaje (publicitario), unos valores (propiedad privada: “tanto tienes tanto vales”, tanto consumes tanto feliz eres).

Pero esta cultura nos implica a todos. Sin embargo sólo es válida para una parte de la población. De hecho en la mayoría de los países  en desarrollo la clase que se puede considerar realmente consumidora representa una cuarta parte de la población. Todos queremos consumir, pero no todos tienen el dinero para adquirir esos bienes de consumo. Seguimos en relaciones de desigualdad. Tenemos un nuevo clasismo. La clase de los que tienen los bienes para consumir y los que los desean y no los tienen.

Todo esto nos lleva a preguntarnos:
-¿Está proporcionando nuestro creciente nivel de consumo una mejor calidad de vida de las personas?

-¿En una sociedad consumista hay espacio para una educación en la libertad que respete las opciones a los consumidores para que su capacidad de elección sea real?

-¿Habrá bienes para todos? ¿Cuánta tierra y cuánta agua se ocupará para producir todo lo que se consuma y para absorber todo lo que se deseche? La opulencia crea desechos. Esperemos que no haya personas, al estilo de Lázaro, a la puerta del consumidor, escarbando como perros callejeros en los tarros de la basura. Uno de estos perros aparece en la parábola como acompañante de Lázaro.

A las tradicionales tres Rs, que hacen frente al consumo: Reducir, Reciclar, Reutilizar, añadamos una cuarta: Rechazar, rehusar aquellos bienes que pueden hacer daño o pueden necesitar otros.

viernes, 20 de septiembre de 2013

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 16, 1-13.
"No pueden servir a Dios al dinero"
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.


Como preparación al evangelio de hoy, en la primera lectura, se nos presenta al profeta Amós denunciando las corrupciones, las trampas y las injusticias en las ventas y en las transacciones humanas. Dios le dice al profeta que él no piensa olvidar las injusticias con los pobres.

Jesús nos sorprende hoy con la parábola que llamamos: “el administrador tramposo”. Nos sorprende por el hecho de utilizar como modelo a una persona al parecer poco correcta.

Para entender la parábola mejor necesitamos saber cómo actuaban los administradores en Palestina. No recibían un sueldo por su trabajo. Vivian de la comisión que cobraban poniendo intereses. El peligro y la tentación de excederse era grande. De esto parece ser que acusan al administrador de la parábola. Su actuación debe entenderse así: El que debía cien barriles de aceite había recibido prestado cincuenta nada más, los otros cincuenta eran de comisión para el administrador y a la que éste renunció con tal de ganarse amigos para el futuro.

Jesús alaba al administrador de la parábola no por su buena o mala administración, sino por su astucia: por su capacidad de rehacer su vida.

Jesús pretende que nosotros también avivemos nuestro ingenio y que trabajemos por nuestro futuro. Demasiado a menudo nuestra vida es sin mucha proyección. Nos gusta “vivir al día” y no pensar mucho en el día de mañana. “Mañana será otro día”.

Al hablar del Dinero, Jesús se refiere al dinero con mayúscula y no sólo habló de su materialidad económica, sino de una intencionalidad de vida, una dedicación de esfuerzos y de una preocupación por los demás: ganarse amigos para esta vida y la vida eterna.

Jesús, sin tierras, ni trabajo fijo, su vida de profeta itinerante dedicado a la causa del reino de Dios, se permite hablar del dinero con total libertad. Y, por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos. Habla del dinero con un lenguaje muy suyo. Lo llama “dinero injusto”. Al parecer no conoce “dinero limpio”.

¿Qué pueden hacer quienes poseen riquezas injustas? El evangelio nos dice hoy: “gánense amigos con el dinero injusto para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas”.

Con esto, Jesús viene a decir así: ocupen su riqueza en ayudar a los pobres. Dicho con palabras más actuales: la mejor forma de “blanquear” el dinero injusto ante Dios es compartirlo con los más pobres.

Y es que un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay una manera de ganar, de gastar y de disfrutar el dinero que es injusto, pues no toma en cuenta a los pobres.

La lógica de Jesús es aplastante. Si uno vive pensando sólo en el dinero, no puede servir a Dios que quiere una vida más justa y digna para todos.

Algo falta en nuestra vida cristiana cuando pretendemos vivir lo imposible: el culto a Dios y el culto al Dinero. La frase que escuchamos hoy nos es conocida y la contundencia con que la expresa Jesús excluye todo intento de suavizar su sentido: “No pueden servir a Dios y al Dinero”.

Para Jesús, quien se ata al dinero termina alejándose de Dios. El dinero termina sustituyendo a Dios. En una vida así ya no reina Dios que pide solidaridad, sino el dinero, que sólo busca su propio interés. El corazón atrapado por el dinero se endurece y no piensa en las necesidades de los demás. En su vida no hay lugar para la solidaridad. Por eso no hay lugar para un Dios Padre de todos.

Sólo hay una manera de vivir como “hijo” de Dios, y es vivir como “hermano” de los demás. El que vive ocupado de sus dineros e intereses no puede ocuparse de sus hermanos, y no puede, por tanto, ser hijo de Dios.

A quien vive dominado por el interés económico, aunque viva una vida “piadosa” y “recta”, le falta algo esencial para ser un buen cristiano: romper la servidumbre del “poseer” que le quita la libertad para escuchar y responder mejor a las necesidades de los pobres.

Es sorprendente con qué sencillez desenmascara Jesús nuestras falsas ilusiones. “No pueden servir a Dios y al Dinero”. Nosotros creemos que nos servimos del dinero; Jesús nos habla de que servimos al dinero y no vemos que el dinero es nuestro dueño y señor. Creemos poseer cosas y las cosas nos poseen.

jueves, 12 de septiembre de 2013

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lucas 15, 1-32.
"Narrar lo incomprensible de Dios"
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.


Jesús no habla de Dios definiéndolo, porque es indefinible. Jesús habla de Dios describiendo su conducta, narrando lo incomprensible en parábolas. Para ello, en el evangelio de hoy, Jesús nos cuenta tres parábolas: “la oveja perdida”, “la moneda perdida” y “el hijo pródigo”, o mejor llamada: “el padre bueno”. Las tres parábolas forman una unidad. Las parábolas de la oveja perdida (por un pastor) o de la moneda perdida (por una mujer) sólo son un puro precalentamiento para escuchar la gran parábola de un padre que ha perdido a uno de sus hijos. Centraremos la reflexión en esta última: el padre bueno o, mejor dicho, “de los retornos”, porque son dos los hijos que vuelven.

Es una excelente imagen de Dios que comprende, espera y acoge a sus hijos, respetando siempre la libertad.

No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En las parábolas de hoy nos hace ver cómo imaginaba él a Dios.

Dios es un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos lo da por “muerto” y le pide su parte de la herencia.

Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca le olvida. Siempre podrá volver sin temor. Cuando lo ve venir hambriento y humillado, el padre “se conmueve”, pierde el  control y corre al encuentro de su hijo.

Se olvida de su dignidad de señor, le abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones. Es su hijo. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor. Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre alcohol y prostitutas paganas.

Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes viven lejos de él y comienzan a verse como “perdidos” en medio de la vida. Cualquier prédica o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni trasmite su Evangelio.

Pero, la parábola continúa. Falta el hijo mayor, un hombre de vida correcta, pero de corazón duro y resentido. Al llegar a casa humilla públicamente a su padre, intenta descalificar,  destruir a su hermano y se excluye de la fiesta. Festejaría mejor “con sus amigos”, no con su padre y su hermano.

El padre sale también a su encuentro con el mismo cariño y le da a conocer el deseo más hondo de su corazón de padre: ver a sus hijos sentados a la misma mesa, compartiendo amistosamente un banquete, por encima de enfrentamientos, odios y condenas.

Jesús  concluye su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró o se quedó afuera?

Nunca se había marchado de casa, pero su corazón estaba lejos. Sabe cumplir mandamientos, pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada de su hermano.

Parábola para nuestros días


Ninguna otra parábola es tan actual para nosotros como esta del “padre bueno”.

El hijo quiere ser libre, romper ataduras. ¿No es esta la situación actual? Muchos quieren verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. No es fácil el camino de la libertad. Dios tiene que desaparecer. Hoy, igual que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie. La sociedad moderna se aleja cada vez más de Dios. ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?

Envueltos en la crisis religiosa actual, nos hemos habituado a hablar de creyentes, alejados, matrimonios “como Dios manda”, parejas en situación irregular, agnósticos… 

Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos e hijas, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es padre sólo de los buenos, de los cumplidores o practicantes. Es Padre de todos.

El hijo mayor nos interpela a quienes creemos vivir junto a Dios:

  • ¿Qué estamos haciendo los que todavía estamos dentro de la Iglesia?
  • ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible las normas o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos?
  • ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger, acompañar a quienes buscan entre dudas e interrogantes?
  • ¿Levantamos barreras o tendemos puentes?
  • ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?