sábado, 25 de mayo de 2013

SANTÍSIMA TRINIDAD


LA TRINIDAD: ¿ROMPECABEZAS O REVELACION DE AMOR?

P. Félix Zaragoza

Texto: Juan 16,12-15
Concluida la gran celebración anual de la Pascua, celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad. Por eso, el evangelio de hoy representa, efectivamente, la confesión trinitaria más clara que tenemos en los evangelios sinópticos.

1. ¿Rompecabezas o revelación de amor? 
Desde niños aprendimos a llamar a Dios; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así, con toda naturalidad expresamos el misterio más profundo de nuestra fe. Pero, cuando queremos definir claramente quién es Dios para nosotros, caemos en la cuenta de que las palabras y conceptos no son capaces de expresarlo. Usamos términos de las matemáticas para llamar a Dios Uno y Trino. Además utilizamos toda una jerga filosófica -teológica- lingüística para hablar de la naturaleza de Dios, de sus personas, de sus atributos… Así, corremos el peligro de convertir el misterio de la Trinidad en un enigma que hubiera que descifrar como un crucigrama o rompecabezas. 

Es un misterio, ciertamente» Pero al revelarnos Jesús este misterio del único Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, quiso descubrirnos, ante todo, un misterio de vida y de amor. Por eso, para comprender a Dios, más útil que "saber cosas" de El es amarlo y experimentar su amor tierno de Padre, su amor entrañable de hermano, su amor vivificante del Espíritu. 

2. A modo de parábola
Las parábolas y los cuentos son a veces la mejor forma para comprender, en cierto modo, los grandes misterios. Quizás, como Jesús, nosotros también tengamos que recurrir a esta pedagogía sencilla para intentar comprender algo sobre el misterio de Dios. Permítanme hacerlo a través de un cuento.

Era una vez un rey muy pensador. Se pasaba horas y horas pensando sobre los misterios del mundo y del hombre. A las preguntas sobre el hombre sucedían la pregunta sobre Dios. Preguntó a sabios, pero nadie le daba una respuesta suficiente. Pero un día un pobre se enteró y decidió presentarse ante el rey -Majestad, ¡yo puedo darle una respuesta! Y comenzó; mire fijamente al sol. Y el rey dijo: eso no es posible. Si miro al sol me quedo deslumbrado y ciego. El pobre le contestó: si el sol, siendo criatura, te deslumbra, ¿cómo no te va a deslumbrar Dios?

Por mucho que queramos, Dios no cabe en nuestra cabeza. Pero sigamos con el cuento. El rey deseaba saber en qué se ocupa Dios. El pobre continuó: -Majestad, se Lo diré a condición de que acepte intercambiar nuestros vestidos. Entonces el rey se vistió de pobre y el pobre se puso las vestiduras reales y se sentó en el trono. Y dijo: “Majestad, esto es lo que hace Dios.  

Así es, en Jesús, su Hijo, Dios tomó la forma de hombre, siendo rico se hizo pobre para enriquecernos a todos. Pero terminemos el cuento. El rey le preguntó si estaba dispuesto a enseñarle cómo es el amor de Dios: Entonces el pobre, mirándolo a los ojos le contestó: ¿está su majestad dispuesta a amar? ama y tú mismo lo experimentaras.  

Quizás, esta aproximación al misterio de la Trinidad, sea demasiado infantil, pero si no somos como niños no entendemos el misterio de Dios y su Reino.  

3. Espiritualidad Trinitaria. 
La palabra "Trinidad" no aparece en la Biblia. Es fruto de la reflexión posterior. Se acuñó en la teología para combatir los errores de quienes negaban la divinidad de Jesús o del Espíritu Santo.  

A pesar de todo, aunque no salga en la Biblia, todo el Nuevo Testamento es un hablarnos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ellos, los tres son los protagonistas. Unos protagonistas que lo que pretenden es acercarse a los hombres para comunicarnos su amor. Esto es lo que nos dice el evangelio de hoy: ser sumergidos, bautizados, en la vida y en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De tal suerte que podemos experimentar personalmente, en la fe y en el amor, nuestra relación familiar de hijos respecto de Dios-Padre, de hermanos respecto a Dios-Hijo, viviendo esta vida nueva según el Espíritu. 

sábado, 18 de mayo de 2013

PENTECOSTÉS


EL DON DEL ESPIRITU

P. Félix Zaragoza

Texto: Juan 20, 19-23
Hoy, domingo de Pentecostés, es la culminación del tiempo de Pascua. Como decíamos ya el domingo recién pasado, lo que celebramos hoy es realmente una de las caras de la resurrección de Jesús: comunicar su Espíritu.

No podemos pensar que el Espíritu aparezca hoy por primera vez. Su presencia es realidad desde el día primero de la resurrección, como lo vemos en el evangelio de hoy. Evangelio que ya lo habíamos leído en el segundo domingo de Pascua.

Para Juan el envío del Espíritu Santo tiene lugar ya el mismo día de la resurrección. Pero este hecho de recibir el Espíritu fue vivido por los discípulos como un proceso, de manera que hoy celebramos que, un tiempo después de la resurrección quedaron nuevamente impregnados de la. fuerza del Espíritu de tal manera que iniciaron, con una intensidad imparable, el anuncio del evangelio.

Jesús resucitado es, para nosotros, el que nos da su mismo Espíritu, el Espíritu Santo. Ya desde el mismo día de la resurrección los discípulos experimentaron que en su interior tienen aquel mismo espíritu que movió a Jesús, y que los identifica con él: incluso Jesús hace el gesto de exhalar el aliento sobre ellos, para expresar que les traspasa lo que él lleva en su interior: el Espíritu. Además les traspasa su misma misión. Misión que lleva consigo el poder de liberar a los hombres del pecado.

Como lo referente al contenido de la misión ya lo reflexionamos el domingo pasado, hoy nos fijaremos en el mismo Espíritu como impulsor de la misión.

1. El Espíritu inaugura la misión. 
Como la de Cristo, la misión de los apóstoles, la misión de la Iglesia, va sellada por el Espíritu, que fue protagonista de la vida de Jesús desde la Encarnación (se encarnó por obra del Espíritu Santo) hasta la muerte y resurrección. Del mismo modo, el Espíritu es también protagonista desde el principio hasta el final en la vida y actividad misionera de la Iglesia. 

Es el Espíritu el que hace cambiar a los apóstoles. El contraste entre la situación de antes y después de recibir el Espíritu es muy fuerte. Antes: miedo, tristeza, puertas cerradas, dudas, silencio, clandestinidad... Después: valor, fe, alegría, apertura, paz, seguridad, proclamación en plena calle... 

Una vez bautizados en el Espíritu Santo, es visible en los apóstoles la fuerza de Dios. Es el Espíritu el que los empuja, como el viento empuja las hojas; los arroja al mundo a comunicar el evangelio. Evangelio que es comprensible por todos los hombres, de distintas razas, culturas o lenguas. Es el Espíritu el que nos hace hablar un lenguaje universal: el único, que respetando las diferentes culturas, hace que los hombres nos entendamos: el lenguaje del amor. 

2. ¿Quién es, para nosotros, el Espíritu Santo?
Se dice con frecuencia que el Espíritu Santo es el gran desconocido u olvidado. En cierto sentido sucede hoy lo que nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. Al llegar Pablo a Efeso preguntó a unos discípulos, que encontró allí, si habían recibido el Espíritu Santo. La respuesta no pudo ser más desoladora: "ni siquiera hemos oído hablar sobre el Espíritu Santo".

En nuestro pueblo cristiano abundan las devociones, rezos y celebraciones para los misterios de Cristo y para las múltiples advocaciones de la Virgen o de los santos, pero muy poco para el Espíritu Santo. Hablamos poco en realidad del Espíritu. Deberíamos hablar más. Porque el Espíritu es la fecundidad de Dios, la novedad de Dios, la libertad de Dios, la vida de Dios... que se hacen fecundidad, novedad, libertad y vida nuestra.

¡Cuántos miles y millones de cristianos celebramos hoy Pentecostés! Pero ¿se va a notar mañana que hemos abierto nuestras puertas y ventanas personales, de la comunidad, de la Iglesia al Viento del Espíritu? ;Ven, Espíritu Santo; llena los corazones de tus fieles y prende en ellos el fuego de tu amor! 

martes, 14 de mayo de 2013

ASCENSIÓN DEL SEÑOR


¿Qué hacen mirando el Cielo?

¿SUBIR O DESCENDER?

P. Félix Zaragoza

Texto: Lucas 24,46-53
Hoy celebramos la Fiesta de la Ascensión. El misterio de la Ascensión no es un episodio aislado, el último de la historia de Jesús; no podemos verlo como un hecho independiente y separado temporalmente de su misma Resurrección.

La Resurrección, la Ascensión y la Venida del Espíritu Santo entrañan un sólo acontecimiento. Ha sido la catequesis la que nos lo explica en diferentes etapas para comprender mejor un único misterio: la Pascua del Señor. La Ascensión ocurrió, por tanto, el mismo día de la Resurrección.

Sabemos que esta Fiesta, separada de la Resurrección, no se celebró en la Iglesia hasta finales del siglo IV.

El Evangelio de hoy, con enorme concisión, relata la Ascensión del Señor: "Después de hablarles, Jesús subió al cielo".

Y esto no ha de ser interpretado como si fuera un reportaje de un suceso fotografiable, sino como escenificación literaria de un dato de fe, evento invisible, pero real: el paso glorioso de Cristo al Padre.

Del Evangelio de hoy derivan dos dimensiones de una misma realidad; la primera respecto de Jesús: Glorificación y plena soberanía de Cristo sobre la humanidad y el universo. La segunda respecto de nosotros: el mandato misionero.

1. Glorificación de Jesús. 
Antes de nada habría que corregir el lenguaje. En lugar de Ascensión tendríamos que decir Glorificación o Exaltación. La palabra "ascensión" evoca la categoría de espacio: subir hacia arriba, como un misil, un astronauta o un supermán, que se pierde de vista, alejándose de la tierra. 

Jesús resucitado no subió en el sentido literal de la palabra, porque Dios no vive en los espacios siderales más allá de las nubes; sino que fue exaltado como Señor en la Gloria del Padre. 

Hablar de cielo supera nuestro lenguaje. El cielo es estar y vivir con Dios; pero no podemos concretarlo en un espacio determinado y ubicado en las alturas. Como un eco de esta creencia de colocar a Dios por encima de la nubes, el primer cosmonauta afirmaba no haber visto a Dios por ninguna parte durante su vuelo espacial. Diríamos que el cielo es Dios mismo. Y Dios sigue estando en el mundo. Por eso el libro de los Hechos de los Apósito les reprocha: "¿Qué hacéis plantados mirando al cielo?".  

De ahí que la Ascensión de Jesús es una invitación a descender, a no mirar las nubes, sino el suelo. Difícil misión del cristianos sumergirse en la ciudad y en el campo, "mundanizarse", y "politizarse" (hacerse ciudadano).  Lo propio del cristiano es descender, como Jesús, a lo más profundo de la existencia.  Lo de descender parece que no va con nosotros. Nos gusta más subir, escalar honores y títulos. Y esto, incluso, dentro de la Iglesia. 

La misma Jerarquía se constituye como escalafón ascendente: Diácono, Sacerdote, Obispo, Arzobispo, Cardenales, Papa. A cada uno de estos corresponde, al menos, un título honorífico: Reverendo, Monseñor, Ilustrísimo y Excelentísimo, Su Eminencia, Su Santidad...  Pero ¿Habrá algo más ajeno al Evangelio que tanta vanagloria?

Ojalá aprendamos de Jesús que “descendió, se humilló hasta la muerte y muerte de cruz, y por eso Dios le levantó y le concedió un nombre sobre todo nombre”.

2. El mandato misionero.
La misión que confía Cristo a la Iglesia es anunciar el Evangelio y continuar su tarea liberadora.

Dos son, pues, las formas de la misión que Jesús nos confía: el anuncio directo y el testimonio mediante signos de liberación. Tenemos que anunciar una noticia, pero tiene que ir acompañada de un testimonio. Por eso, no sólo serán palabras, sino que el anuncio irá acompañado de las señales de liberación y de vida. Esto es lo que quiere decir el Evangelio de hoy al hablar de "expulsar demonios”, “tomar serpientes y veneno”. No se trata de hacer exorcismo, sino de quitar el mal, el pecado, lo demoníaco que hay en el hombre, en la sociedad y en el mundo.

Además hay que hablar un lenguaje nuevo. Es decir, romper las barreras que impiden a los hombres comunicarse, relacionarse como hermanos, y así hacer posible la paz, la fraternidad, el amor... 

Finalmente, hay que ayudar a los pobres, sanar a los enfermos, hacer más liviano el dolor de los que sufren. Sin este compromiso por la promoción integral del hombre no hay un verdadero anuncio del evangelio, aunque cada año realicemos un proyecto misionero.

La celebración de la Ascensión nos urge a pasar de las puras palabras a la realidad de los hechos. Solamente así haremos presente a Jesús y su Reino.

sábado, 20 de abril de 2013

4º DOMINGO DE PASCUA


SERVIDORES DEL PUEBLO

P. Félix Zaragoza

Texto: Juan 10, 11-18
El evangelio de hoy habla del Buen Pastor. La imagen de "pastor" es la que más aparece en la Biblia. Y es que los antepasados de Israel eran pastores. El jefe del clan familiar era considerado como el pastor que cuidaba de los suyos. Por eso, no es extraño que los hebreos comparen al pueblo con un rebaño y llamen "pastores" a sus dirigentes, porque debían cuidar del bienestar del pueblo. Como los dirigentes se olvidaban muchas veces de que esa era su misión, los profetas denuncian sus abusos y advierten que Dios mismo va asumir la tarea de pastorear a su pueblo por medio de un enviado suyo.

De ahí que la imagen de pastor, que guía el rebaño, es una de las preferidas del evangelio de Juan al referirse a Jesús. La utilizó en un polémico discurso de su evangelio para presentar a Jesús como el pastor ideal, pastor modelo frente a los pastores de profesión: asalariados y ladrones más que pastores.

En el texto del evangelio de hoy, Jesús interpreta la parábola del pastor, que se aplica a sí mismo, con tres rasgos característicos:
- Jesús es el Buen Pastor.
- Pastor único de un solo rebaño.
- Pastor que da la vida por las ovejas.

1. Jesús, buen pastor 
Jesús se define como buen pastor, en exclusiva y por contraposición a todos los demás. El es el pastor verdadero, auténtico, modelo, único. Pastor que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas. 

Para Jesús ser pastor, dirigir, gobernar es ir en la vida por delante de los demás con obras y palabras, vivir para el otro y no a costa del otro, entablar una relación personal con el pueblo, caminar con él, compartir gozos y esperanzas, tristezas y angustias. 

El buen pastor, Jesús, a la vez que pastor es también "cordero". Esto nos tiene que hacer pensar a Obispos, curas, dirigentes de iglesia; también debería hacer pensar a los dirigentes políticos, si nos sentimos realmente rebaño con el rebaño, pueblo con el pueblo. 

Tengo la sensación de que hay Obispos, sacerdotes, dirigentes de comunidades que se imaginan, que ellos no son pueblo de Dios. Están por encima de su pueblo. De pastores nos subimos a jerarcas. 

Claro está que ser pueblo no es fácil. Optar por el pueblo, por los pobres, lo solemos hacer. Pero intentar vivir por el pueblo, y hasta como el pueblo, en pobreza, en diálogo y en riesgo; tomar partido por el pueblo, social y políticamente, hasta las últimas consecuencias..., eso ya es otra cosa, eso es ser pastor de otro estilo.

2. Un único pastor para un solo rebaño
"Jesús se propone hacer de la humanidad una familia, un único rebaño en el que nadie se sienta excluido.

El amor de Dios tiene por término la humanidad entera.

La comunidad de Jesús es una familia grande, abierta de par en par , dispuesta a acoger a todos los hombres. 

La dispersión, la división, los odios y rivalidades entre los hombres, expresado en tantas religiones distintas, en tantas iglesias cristianas, es una de las manifestaciones del estrago hecho por el pecado, en la humanidad. La unidad de todos en torno a Cristo, el único pastor, será el signo de que el Reino se hace realidad.

En el deseo de Cristo de pastorear un solo rebaño percibimos una invitación al ecumenismo, una urgencia de unirse las iglesias cristianas, para que logremos superar el escándalo actual y el contra signo de mostrar una Iglesia de Cristo dividida.

3. Pastor que da la vida
Ser buen pastor es dar la vida por el rebaño. Pero nadie da la vida de un golpe, si antes no la va dando diariamente en pequeñas cosas. Porque no se trata de que nos quiten la vida. "Nadie me quita la vida", dice Jesús. Se trata de darla, libremente.

Entonces, ¿qué será pastoralmente dar la vida por las ovejas? Pienso que, ante todo, un pastor debe procurar "dar vida" a su rebaño; debe hacer, por todos los medios a su alcance, que su rebaño, el pueblo, tenga condiciones dignas de vivir. Todo lo que sea estimular la dignidad, la salud, la libertad, la participación, la alegría del pueblo..., eso es pastorear según el evangelio.

¿Para qué iba yo a dar la vida, ocasionalmente, por mi pueblo en un día X si no me obsesioné diariamente por ayudar a mi pueblo a tener vida, vida digna, vida abundante, vida de personas, vida, de hijos de Dios...? 

Cuando se hace todo lo posible para que se salga de la situación de pobreza en que muchos están, cuando se lucha para que todos tengan posibilidad de trabajo, de vivienda, de educación..., cuando se les abre una ventana a la esperanza y se les da motivo para vivir, eso es dar vida a su pueblo.

Dar vida es también ir dando la propia vida: dar el propio tiempo, la comodidad, los privilegios..., también las propias cosas.

Sólo así se podrá llegar al martirio si es preciso.

Que el Buen Pastor suscite muchas vocaciones de pastores al estilo de Jesús. Ojalá que en los seminarios se les prepare a ser buenos pastores, a ser servidores del pueblo, servidores del Reino.

sábado, 13 de abril de 2013

3º DOMINGO DE PASCUA


EL PAN Y LA PALABRA

P. Félix Zaragoza

Texto: Lucas 24, 35-48
Para entender el evangelio de hoy hay que tener en cuenta todo el episodio de Emaús que le precede. El encuentro que tuvieron los discípulos de Emaús con Jesús no fue suficiente: la fe en el Resucitado no se apoya en testimonios particulares, por importantes que sean; podrían ser considerados como fruto de la ilusión o de la alucinación. Por eso, los dos discípulos de Emaús van a donde está la comunidad, se integran en ella y cuentan lo que les ha pasado. Así, cuando está la comunidad reunida, de nuevo Jesús se hace presente en medio de ella, con los brazos extendidos, y las manos abiertas, marcadas por las heridas de la cruz. Como en el relato del domingo anterior, también Jesús ofrece aquí, como plenitud de todo bien La paz. 

1. Una Catequesis bíblica 
Jesús resucitado les abre el entendimiento para comprender la Palabra de Dios. 

A Jesús le han visto con los ojos, pero el contacto visual puede resultar deslumbrante. Se puede confundir con un fantasma. Necesitan comprender lo que están viendo. "No lo podían creer". No les entraba en la cabeza que Jesús estuviera vivo. Por eso, Jesús añade otra prueba de su identidad: la lectura y comprensión de la Palabra de Dios. Aquí es Jesús en persona el que les explica la lección. Les recuerda la catequesis que les había hecho por el camino de Galilea. "Esto es lo que les decía mientras estaba entre ustedes". 

Ahora, desde la mañana de la Resurrección, donde se ha cumplido el plan del amor del Padre, se comprende mucho mejor el proyecto de salvación trazado desde antiguo. Jesús es el centro, el núcleo de toda la Historia Santa. Más aún, el eje, el hilo conductor que la atraviesa; la clave, que nos abre y nos desvela su último secreto. La promesa del Antiguo Testamento se ha hecho cumplimiento en Cristo. 

2. Al partir el pan
"Partir el pan" es la clave eucarística del encuentro en la fe con Cristo resucitado. A los discípulos de Emaús se les abrieron los ojos al partir el pan. También en el evangelio de hoy Jesús les pide algo de comer. "Le dieron un pescado". Y es que, partir el pan, comer pescado y escuchar la Escritura eran los ingredientes de las comidas eucarísticas que la primitiva comunidad celebraba el día domingo.

Jesús en el evangelio de hoy se presenta como un necesitado. Les pide a los discípulos que tienen que ponerse con lo que tienen y compartirlo. Y es que donde no hay vida compartida no hay eucaristía. No se puede comulgar con Cristo sin comulgar con los hermanos. De ahí, que el que ve en el Pan del altar el mismo cuerpo del Señor, con los pies descalzos, desnudo y enclavado en la cruz, y con el costado abierto, ya necesita muy poco para vivir; es capaz de quitarse el pan de la boca para compartirlo con el necesitado. Al ver así al Señor se hace posible lo imposible. Allí mismo en la Mesa se puede poner lo que uno no necesita para vivir. ¡Se necesita tan poco! Siente que no le pertenece. Y todo esto no como colecta de Cáritas o el aporte del 1% a la Iglesia.

En la Eucaristía, memorial de la muerte de Cristo, celebración gozosa de la Resurrección, compromiso de amor fraterno..., el cristiano descubre cada domingo la presencia del Señor. Presencia que le impulsa a gritar por el mundo, sin miedo y complejos, que es posible vivir otra vida, ya desde ahora, en la que todos los hombres nos sentemos a la mesa para partir el pan y compartir lo que somos y tenemos. 

Mientras no lo vivamos todo esto en la misa, no llegaremos a experimentar al Señor resucitado. Mientras vayamos a misa solamente por obligación y no como necesidad vital de comunión con Cristo y los hermanos con quienes compartimos la fe, la vida, el pan; mientras sigamos llegando tarde, estemos distraídos, no participemos activamente; mientras no comulguemos el Cuerpo de Cristo; mientras no se note la misa durante la semana: en casa, en el trabajo, en la calle... es que todavía no hemos conocido a Cristo ni a los hermanos al partir el pan.

sábado, 6 de abril de 2013

2º DOMINGO DE PASCUA


LA POCA FE DE LOS CREYENTES

P. Félix Zaragoza

Texto: Juan 20, 19-31
El evangelio de hoy relata dos apariciones de Jesús Resucitado. Las dos ocurridas en día domingo: la primera en la tarde del mismo día de la Resurrección, estando ausente el apóstol Tomás; y la segunda, con Tomás presente a los ocho días después. En la primera aparición destacan la misión y el don del Espíritu. En la segunda la problemática de la fe. 

Estos relatos, al igual que todo el evangelio son profesiones de fe en Cristo Resucitado, expresados en un lenguaje teológico. Su intención básica no es hacer historia exacta, crónica fiel, video o reportaje de lo ocurrido. No. Lo importante es la fe de la comunidad en el Señor Resucitado. 

De estas apariciones de Cristo se siguen, como efecto inmediato, la fe y la transformación personal de los discípulos. Jesús viene al encuentro de los suyos en medio del mundo para quitarles el miedo, para liberarlos y reunirlos en el amor de su Espíritu, enviándolos de nuevo al mundo a continuar la misión que El había realizado. 

De este texto se han hecho innumerables consideraciones, tratando de describir las cualidades y características del cuerpo resucitado de Jesús, para explicar cosas, como la forma de atravesar paredes y puertas. Pienso que no va por ahí el mensaje! de este evangelio. Leído sin prejuicios milagreros, el evangelio alude a dos situaciones distintas: primero, a la poca fe, al miedo de los discípulos, que se encuentran en una casa, con las puertas cerradas, algo más que cerradas, atrancadas; segundo, a la presencia de Jesús en medio de la comunidad reunida. En estos dos aspectos quisiera reflexionar.  

1. La incredulidad de los creyentes 
La incredulidad y el miedo son dos dimensiones de la falta de fe. 

En los discípulos de Jesús no existía ni la más mínima predisposición para la fe en Cristo Resucitado. Lo prueba claramente la reacción de Tomás: si no veo, no creo. 

Tomás, de entre todos los discípulos, era el que con más decisión se había mostrado dispuesto a acompañar a Jesús a la muerte: "vamos nosotros también a morir con Él", había dicho en una ocasión a los demás discípulos. Por algo se llamaba Tomás. Tomás significa "mellizo", "gemelo", el doble de Jesús. Haciendo honor a su nombre, estaba dispuesto a morir con El. Pero no ve nada más allá de la muerte. Por eso, no cree a sus compañeros cuando le cuentan que han visto al Señor. 

En la India hay cristianos que se siguen llamando "cristianos de Santo Tomás", porque pretenden descender de los bautizados por el apóstol a quien, según tradición, le tocó en suerte la India en el reparto que hicieron los apóstoles el día de Pentecostés. 

Históricamente esto no se puede demostrar. Lo que no necesita prueba es que existen muchos "Tomases" en la India y en todas partes. Muchos, como Tomás: ¡a mí pruebas! si no lo veo, no lo creo. 

Tomás encarna actitudes muy actuales y siempre perennes ante la fe: el afán de querer entenderlo todo, comprobarlo todo... Ante las dudas o crisis de fe aflora, incluso en los creyentes, la tendencia a buscar pruebas y seguridades; milagros, incluso. Advertimos que en el fondo de nuestro ser hay resistencia a creer. ¿Por qué nos cuesta tanto creer? Será ¿por excesivo racionalismo, o por miedo al riesgo o por falta de compromiso? 

2. Jesús se da a conocer en la comunidad
Jesús Resucitado no hizo ningún "show" por las calles para que le vieran vivo, sino que se hizo presente sólo en la comunidad. Cuando los discípulos se juntan, se hace presente Jesús, vivo, en medio de ellos, en el centro de la mesa, con los brazos extendidos y las manos abiertas, marcadas por las heridas de la cruz. Les da el abrazo de la paz para formar una familia de hermanos.

Por eso la fe en Jesús resucitado consiste en reconocer su presencia en la comunidad de los creyentes. Tomás representa a los que no creen en los demás. En lugar de participar en la comunidad, pretende una demostración particular. Pero, para ver al Señor, no le queda otra que ir a la misa de la comunidad. El primer domingo se la perdió.

La fe no nace a base de milagros, ni por libre y en solitario, sino que nace, crece y perdura en la comunidad. A Jesús se le descubre a través de los hombres, en una comunidad. La fe supone aceptar el testimonio de otros. No se puede creer en Dios sin creer en los hombres. Quien quiera, como Tomás, encontrar a Jesús, deberá buscarlo en la comunidad, reunida por el amor; ésta es, por siempre, la verdadera aparición de Jesús al mundo, su presencia perenne a la humanidad. Dentro de la comunidad se experimenta la presencia de Jesús Resucitado. Esta experiencia se perpetúa en la celebración eucarística, donde los discípulos se asimilan a Jesús y reciben su vida, el Espíritu. 

De esta forma la presencia de Jesús se nota, se debe notar, no en apariciones extraordinarias, sino en que se vive lo que Jesús vivió: el AMOR.