viernes, 16 de agosto de 2013
viernes, 9 de agosto de 2013
XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lucas 12, 32-48.
“Vayan sin miedo...” “Hagan lío.”
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.
El evangelio de hoy nos presenta una serie de recomendaciones en continuidad con la parábola del “rico necio” que leíamos el domingo pasado.
En el fondo es una exhortación a la confianza en Dios, a la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. No hay razón para temer si el Señor es nuestro Pastor. El miedo no es cristiano.
Si el Reino es un regalo, todo lo demás es superfluo, empezando por los bienes materiales.
En este sentido podemos escuchar las tres palabras del papa Francisco a los jóvenes de Brasil: “Vayan, SIN MIEDO para SERVIR”. En otro momento les dice: “Hagan lío”.
Con esto el papa nos está diciendo que decir que la Iglesia es esencialmente misionera y evangelizadora es lo mismo que decir que la Iglesia es servidora del mundo. La evangelización no es una imposición ni un lavado de cerebro, sino un servicio y una oferta. Si la Iglesia no sirve, no evangeliza por mucho que hable. Por eso nos dice Jesús: “Tengan el delantal puesto”. Esto es lo que hace El mismo: “les aseguro que cuando venga se amarrará el delantal y les servirá a ustedes…”.
El papa invita a reaccionar, despertar nuestra fe y ”hacer lío”, en la sociedad y en la misma Iglesia. Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos hemos sido educados para la sumisión y la pasividad. Todavía parece que a los jóvenes y a los laicos en general no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad a Jesús y el Evangelio.
Por eso hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Jesús y su pertenencia a la Iglesia de un modo claro y responsable. Es sin duda uno de los frutos más valiosos del Concilio Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.
¿Qué sentido le da el papa al decir: vayan a sus parroquias, movimientos, colegios… y “hagan lío”?
No vivir dormidos
Es muy fácil vivir dormidos. Basta con hacer lo que hacen casi todos: amoldarnos, ajustarnos a nuestra sociedad. Esto nos hace caer en una vida superficial, rutinaria, masificada… No es fácil escapar. Con el pasar de los años, los proyectos, los ideales de mucha gente terminan apagándose. No pocos tenemos la tentación de terminar levantándonos cada día para “ir tirando”.
Es sorprendente la insistencia con que Jesús nos habla hoy de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sin sentido que domina a muchos hombres y mujeres, que caminan por la vida sin meta ni objetivo alguno.
Acostumbrados a vivir la fe como una tradición o una costumbre más, no somos capaces de descubrir toda la fuerza que encierra la fe para humanizarnos y dar sentido a nuestras vidas.
El llamado de Jesús a la vigilancia nos llama a despertar de la indiferencia, la pasividad o el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Se puede practicar una “religión dormida” que da tranquilidad, pero no da vida. Para despertar de una “religión dormida” sólo hay un camino: buscar más allá de los ritos y de las creencias, ahondar más en nuestra verdad ante Dios y abrirnos confiadamente a su misterio. “Dichosos aquellos a quienes el Señor, al llegar, los encuentra en vela”.
“Tengan encendida la lámpara…” nos dice también Jesús en el evangelio de hoy. Y es que la fe es luz que inspira nuestros criterios de actuación, fuerza que impulsa nuestro compromiso de construir una sociedad más humana, esperanza que anima todo nuestro diario vivir.
Hoy, día del niño, nos podemos preguntar:
- ¿qué tesoro les regalamos?
- Entre los regalos, ¿tendrán el regalo de la fe?
- ¿De qué les estamos llenando el corazón?
“Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón” nos ha dicho hoy Jesús.
En el fondo es una exhortación a la confianza en Dios, a la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. No hay razón para temer si el Señor es nuestro Pastor. El miedo no es cristiano.
Si el Reino es un regalo, todo lo demás es superfluo, empezando por los bienes materiales.
En este sentido podemos escuchar las tres palabras del papa Francisco a los jóvenes de Brasil: “Vayan, SIN MIEDO para SERVIR”. En otro momento les dice: “Hagan lío”.
Con esto el papa nos está diciendo que decir que la Iglesia es esencialmente misionera y evangelizadora es lo mismo que decir que la Iglesia es servidora del mundo. La evangelización no es una imposición ni un lavado de cerebro, sino un servicio y una oferta. Si la Iglesia no sirve, no evangeliza por mucho que hable. Por eso nos dice Jesús: “Tengan el delantal puesto”. Esto es lo que hace El mismo: “les aseguro que cuando venga se amarrará el delantal y les servirá a ustedes…”.
El papa invita a reaccionar, despertar nuestra fe y ”hacer lío”, en la sociedad y en la misma Iglesia. Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos hemos sido educados para la sumisión y la pasividad. Todavía parece que a los jóvenes y a los laicos en general no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad a Jesús y el Evangelio.
Por eso hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Jesús y su pertenencia a la Iglesia de un modo claro y responsable. Es sin duda uno de los frutos más valiosos del Concilio Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.
¿Qué sentido le da el papa al decir: vayan a sus parroquias, movimientos, colegios… y “hagan lío”?
No vivir dormidos
Es muy fácil vivir dormidos. Basta con hacer lo que hacen casi todos: amoldarnos, ajustarnos a nuestra sociedad. Esto nos hace caer en una vida superficial, rutinaria, masificada… No es fácil escapar. Con el pasar de los años, los proyectos, los ideales de mucha gente terminan apagándose. No pocos tenemos la tentación de terminar levantándonos cada día para “ir tirando”.
Es sorprendente la insistencia con que Jesús nos habla hoy de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sin sentido que domina a muchos hombres y mujeres, que caminan por la vida sin meta ni objetivo alguno.
Acostumbrados a vivir la fe como una tradición o una costumbre más, no somos capaces de descubrir toda la fuerza que encierra la fe para humanizarnos y dar sentido a nuestras vidas.
El llamado de Jesús a la vigilancia nos llama a despertar de la indiferencia, la pasividad o el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Se puede practicar una “religión dormida” que da tranquilidad, pero no da vida. Para despertar de una “religión dormida” sólo hay un camino: buscar más allá de los ritos y de las creencias, ahondar más en nuestra verdad ante Dios y abrirnos confiadamente a su misterio. “Dichosos aquellos a quienes el Señor, al llegar, los encuentra en vela”.
“Tengan encendida la lámpara…” nos dice también Jesús en el evangelio de hoy. Y es que la fe es luz que inspira nuestros criterios de actuación, fuerza que impulsa nuestro compromiso de construir una sociedad más humana, esperanza que anima todo nuestro diario vivir.
Hoy, día del niño, nos podemos preguntar:
- ¿qué tesoro les regalamos?
- Entre los regalos, ¿tendrán el regalo de la fe?
- ¿De qué les estamos llenando el corazón?
viernes, 2 de agosto de 2013
XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lucas 12, 13-21
Separación de intereses
En el año de la fe
P. Félix Zaragoza S.
El domingo recién pasado, Jesús nos enseñaba a rezar el Padre nuestro y nos invitaba a “pedir”, “buscar”, “llamar”… pero, ¿qué pedimos al Señor?. ¿Pedimos que nos solucione nuestros problemas y que nos ayude a conseguir nuestros intereses sin pensar mucho en los demás?
Este es el tema del evangelio de hoy: “la codicia del corazón”. Se nos presenta un hecho real y concreto: un hombre busca a Jesús para pedirle que interceda a su favor en el litigio para repartir la herencia con su hermano. En tiempos de Jesús era habitual utilizar a los maestros de la ley como si fueran jueces, consejeros o mediadores legales. Pero en el fondo el problema no es cuestión legal sino moral: la ambición.
Hoy nos tenemos que preguntar: ¿no se esconderá también en nosotros, incluso en la misma oración, deseos de ambición?
Por eso, Jesús habla con toda claridad en una pequeña parábola. Un rico se vio sorprendido por una cosecha que superaba todas sus expectativas. Ante el inesperado problema sólo se pregunta una cosa: ¿qué haré?. Lo mismo se preguntan los campesinos pobres que escuchan a Jesús: ¿qué hará?, ¿se acordará de los que viven con hambre?
Pronto toma el rico una decisión de hombre poderoso. No construirá un granero más. Los destruirá todos y construirá otros nuevos y más grandes. Sólo él disfrutará de aquella inesperada cosecha: “Descansa, come, bebe, y date buena vida”. Es lo más inteligente. Los pobres no piensan así: este hombre es avaricioso e inhumano: ¿no sabe que acaparando para sí toda la cosecha está privando a otros de lo que necesitan para vivir?
De forma inesperada interviene Dios. Aquel rico morirá esa noche sin disfrutar de sus bienes. Por eso lo llama “necio” y hace una pregunta: Lo que has acumulado, ¿de quién será? El grito de Dios interrumpe los sueños del avariento y presenta la vida de este rico como un fracaso y una insensatez.
Agranda sus graneros, pero no sabe ensanchar su corazón, Acrecienta su riqueza, pero se empobrece en amor. Acumula bienes, pero no sabe dar ni compartir. ¿Qué hay de humano en esta vida tan egoísta y tan poco solidaria?
Los pobres y la Iglesia del Papa Francisco
¡Qué difícil es a los pobres entrar en la Iglesia de hoy! Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que el que los pobres se encuentren en la Iglesia como en su casa.
Quizá sea exagerado atreverse a cambiar el texto evangélico: las dificultades que encontraba Jesús para que los ricos entraran en el Reino de Dios sean cambiadas por las dificultades que puede haber para que la Iglesia sea “La Iglesia de los pobres”. La exageración sólo quiere destacar que los pobres y los que sufren son los rostros de Cristo en la Iglesia. Una Iglesia “de los pobres” es lo que hará creíble a la Iglesia. No es exagerado decir: “fuera de los pobres no hay salvación”.
La Iglesia no es una ONG, nos ha recordado el Papa Francisco. Sería una iglesia-asociación sin Evangelio, sin bienaventuranzas… sin el Espíritu de Jesús. En este sentido el Papa está haciendo signos significativos.
Jesús ha desenmascarado todo el poder alienante que se encierra en la riqueza. Para Jesús las cosas materiales son buenas, y los hombres deben disfrutarlas como regalo de Dios. Pero la riqueza tiene el peligro de ser puerta de entrada en la dinámica de apropiación del Tener-Placer-Poder, en lo que el evangelio ve la raíz de todo pecado. Así termina el texto de hoy: “La riqueza no hace al hombre rico frente a Dios”. Tampoco lo hace crecer como hombre. Por eso, para Jesús, es un “necio”.
Algo falla en nuestra vida cristiana cuando somos capaces de vivir disfrutando y poseyendo más de lo necesario, sin sentirnos interpelados por el evangelio de Jesús y las necesidades de los pobres.
El hombre de hoy se ha hecho materialista hasta en su pensamiento, en una sobrevaloración enfermiza del dinero, el poder y la riqueza. La ambición y la obsesión del bienestar son drogas aprobadas socialmente.
Que en este mes de la solidaridad sepamos compartir más nuestro bienestar. Hagamos posible una mayor igualdad.
- ¿Qué haré? se pregunta el rico.
- ¿Qué haremos nosotros en la vida?
- ¿Qué estoy haciendo yo en este mes de la solidaridad?
El domingo recién pasado, Jesús nos enseñaba a rezar el Padre nuestro y nos invitaba a “pedir”, “buscar”, “llamar”… pero, ¿qué pedimos al Señor?. ¿Pedimos que nos solucione nuestros problemas y que nos ayude a conseguir nuestros intereses sin pensar mucho en los demás?
Este es el tema del evangelio de hoy: “la codicia del corazón”. Se nos presenta un hecho real y concreto: un hombre busca a Jesús para pedirle que interceda a su favor en el litigio para repartir la herencia con su hermano. En tiempos de Jesús era habitual utilizar a los maestros de la ley como si fueran jueces, consejeros o mediadores legales. Pero en el fondo el problema no es cuestión legal sino moral: la ambición.
Hoy nos tenemos que preguntar: ¿no se esconderá también en nosotros, incluso en la misma oración, deseos de ambición?
Por eso, Jesús habla con toda claridad en una pequeña parábola. Un rico se vio sorprendido por una cosecha que superaba todas sus expectativas. Ante el inesperado problema sólo se pregunta una cosa: ¿qué haré?. Lo mismo se preguntan los campesinos pobres que escuchan a Jesús: ¿qué hará?, ¿se acordará de los que viven con hambre?
Pronto toma el rico una decisión de hombre poderoso. No construirá un granero más. Los destruirá todos y construirá otros nuevos y más grandes. Sólo él disfrutará de aquella inesperada cosecha: “Descansa, come, bebe, y date buena vida”. Es lo más inteligente. Los pobres no piensan así: este hombre es avaricioso e inhumano: ¿no sabe que acaparando para sí toda la cosecha está privando a otros de lo que necesitan para vivir?
De forma inesperada interviene Dios. Aquel rico morirá esa noche sin disfrutar de sus bienes. Por eso lo llama “necio” y hace una pregunta: Lo que has acumulado, ¿de quién será? El grito de Dios interrumpe los sueños del avariento y presenta la vida de este rico como un fracaso y una insensatez.
Agranda sus graneros, pero no sabe ensanchar su corazón, Acrecienta su riqueza, pero se empobrece en amor. Acumula bienes, pero no sabe dar ni compartir. ¿Qué hay de humano en esta vida tan egoísta y tan poco solidaria?
Los pobres y la Iglesia del Papa Francisco
¡Qué difícil es a los pobres entrar en la Iglesia de hoy! Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que el que los pobres se encuentren en la Iglesia como en su casa.
Quizá sea exagerado atreverse a cambiar el texto evangélico: las dificultades que encontraba Jesús para que los ricos entraran en el Reino de Dios sean cambiadas por las dificultades que puede haber para que la Iglesia sea “La Iglesia de los pobres”. La exageración sólo quiere destacar que los pobres y los que sufren son los rostros de Cristo en la Iglesia. Una Iglesia “de los pobres” es lo que hará creíble a la Iglesia. No es exagerado decir: “fuera de los pobres no hay salvación”.
La Iglesia no es una ONG, nos ha recordado el Papa Francisco. Sería una iglesia-asociación sin Evangelio, sin bienaventuranzas… sin el Espíritu de Jesús. En este sentido el Papa está haciendo signos significativos.
Jesús ha desenmascarado todo el poder alienante que se encierra en la riqueza. Para Jesús las cosas materiales son buenas, y los hombres deben disfrutarlas como regalo de Dios. Pero la riqueza tiene el peligro de ser puerta de entrada en la dinámica de apropiación del Tener-Placer-Poder, en lo que el evangelio ve la raíz de todo pecado. Así termina el texto de hoy: “La riqueza no hace al hombre rico frente a Dios”. Tampoco lo hace crecer como hombre. Por eso, para Jesús, es un “necio”.
Algo falla en nuestra vida cristiana cuando somos capaces de vivir disfrutando y poseyendo más de lo necesario, sin sentirnos interpelados por el evangelio de Jesús y las necesidades de los pobres.
El hombre de hoy se ha hecho materialista hasta en su pensamiento, en una sobrevaloración enfermiza del dinero, el poder y la riqueza. La ambición y la obsesión del bienestar son drogas aprobadas socialmente.
Que en este mes de la solidaridad sepamos compartir más nuestro bienestar. Hagamos posible una mayor igualdad.
- ¿Qué haré? se pregunta el rico.
- ¿Qué haremos nosotros en la vida?
- ¿Qué estoy haciendo yo en este mes de la solidaridad?
viernes, 26 de julio de 2013
XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lucas 11, 1-13
El Padre nuestro y el pan nuestro
En el año de la fe: “Se cree bien si se reza bien”
P. Félix Zaragoza S.
El evangelio de hoy es una catequesis sobre la oración. Se pueden distinguir tres partes: El padre nuestro, la parábola del amigo inoportuno y la actitud del orante discípulo de Jesús.
El Padre nuestro no es una mera fórmula a recitar, sino todo un programa de vida. El Padre nuestro nació de la misma boca de Jesús. Salió de lo más profundo de su corazón. Para Jesús lo importante y esencial es: Dios y su Reino, el hombre y sus necesidades. Y estas dos realidades son el contenido del Padre nuestro. El título que damos a este comentario así lo expresa. Se trata del “Padre nuestro” y del “pan nuestro” en el sueño del Reino de Dios. Y es que esto es lo central en el mensaje de Jesús, el núcleo de su Evangelio.
Jesús une la causa de Dios (el Reino) y la causa del hombre (el pan). El hombre no está en la vida sólo para Dios. Está también para sí mismo y para los demás. Dios así lo ha querido. Él no quiere que sólo le amemos a él. Quiere que nuestro amor se explaye en todas las direcciones y amemos su creación, a todos los seres y a cada persona concreta. Jesús en su oración une el Padre nuestro con el pan nuestro, la causa de Dios con la causa de los hombres, la causa del cielo con la causa de la tierra.
Cuando los discípulos le piden a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”, no están pidiendo un método de oración, caos que todo judío conoce bien. Lo que en realidad están pidiendo es: danos un resumen de tu mensaje. Hoy diríamos ¿cuál es el logotipo, el distintivo que identifica tu propuesta? En el Padre nuestro Jesús entrega su intención más genuina. Nos regala lo más profundo de su corazón, nos regala su misma oración.
El Padre nuestro sale al encuentro de las tres hambres fundamentales del ser humano:
1.- El hambre de un encuentro con Alguien bueno que le acoja en un abrazo que signifique vida, amor, alegría, amparo… Ese Alguien para Jesús es Abbá, el Padre de bondad. Ese Padre-Abbá muestra rasgos de madre, pues todo en Él es cuidado, amor, misericordia…
Padre-Abbá es el primer grito que brota del corazón humano cuando vive confiando plenamente en su Padre. Quien llama a Dios “mi querido papá”, “mi querida mamá”, se siente ser hijo muy querido. Padre e hijo son términos correlativos. No hay padre sin hijo ni hijo sin padre.
2.- La segunda es el hambre infinita que nunca se sacia, el sueño de un sentido plena para la vida, para la humanidad, para el mundo… Este sueño para Jesús se expresa con el nombre de Reino de Dios.
Somos seres utópicos. Soñamos con una vida mejor, con un mundo mejor… Rezar “venga tu Reino”, “que se haga tu voluntad”, que se haga realidad el proyecto de Dios, exige comprometerse con la justicia y todo lo que eso implica.
3.- La otra hambre, sin la cual no podemos vivir, es el pan nuestro de cada día. Sin esta base material, no tiene sentido hablar del Padre nuestro y del Reino de Dios. El pan sintetiza en sí el alimento humano. Todos dependemos de un poco de pan y agua para vivir. La materialidad tiene sentido sacramental pues está ligada a la vida.
El “nuestro” de esta petición tiene su correlativo con la invocación inicial de Padre “nuestro”, teniendo las dos exactamente la misma extensión.
Pedir, buscar, llamar
Jesús nos indica hoy en el evangelio en qué actitud tenemos que vivir: “Les digo a ustedes: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá…”
No se dice qué ´pedir, qué buscar, ni adónde llamar.
Lo importante es vivir pidiendo, buscando y llamando. Pero, como un poco después el evangelio dice que el Padre “dará su Espíritu Santo a los que se lo pidan”, parece que lo primero que hay que pedir, buscar y llamar es el Espíritu Santo de Dios.
Nos tenemos que preguntar ¿Pedimos, buscamos… realmente el Espíritu Santo? Con frecuencia no sabemos buscar más allá de nuestro pasado. Nos da miedo abrir nuevos caminos escuchando al Espíritu. Sin buscadores es difícil que la Iglesia encuentre caminos para evangelizar el mundo de hoy. Si nadie llama al Espíritu, no se nos abrirán nuevas puertas. Nos falta fe en el Espíritu creador de nueva vida.
miércoles, 17 de julio de 2013
XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lucas 10, 38-42
P. Félix Zaragoza S.
Servicio y Palabra
En su camino hacia Jerusalén Jesús es acogido en casa de una familia amiga donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho: Marta y María. La presencia de Jesús va a provocar en ellas dos reacciones muy diferentes.
Marta domina como señora. En arameo Marta significa “la señora”. No tiene solamente una casa o familia, sino también una hermana. Desde que ha llegado Jesús no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Tanto que queda agobiada por tantos quehaceres. Llega un momento en que desbordada por la situación y dolida con su hermana, expone su queja a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dígale que me eche una mano”.
Mientras tanto, María lo deja todo y se queda “sentada a los pies del Señor”. Su única preocupación es escucharle. El evangelio la describe con rasgos que caracterizan al verdadero discípulo. Pero un verdadero maestro nunca aceptaría como discípula a una mujer. Marta hace lo que le toca hacer a la mujer en aquella sociedad. Ese es su sitio y su cometido: hacer el pan, cocinar, servir al varón, lavarle los pies, estar al servicio. Nunca la mujer estaba autorizada a escuchar como discípula a los maestros de la ley.
Jesús hace caso omiso de esas costumbres y responde de una manera sorprendente. Ningún varón judío hubiera hablado así.
No critica a Marta su acogida y su servicio. No duda del valor de lo que está haciendo. Eso es lo que nos ha enseñado con la parábola del “buen Samaritano”. Pero no quiere ver a las mujeres absorbidas sólo por las faenas de la casa: “Marta, Marta; andas inquieta con tantas cosas. Sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán”.
La mujer no ha de quedar reducida a las tareas del hogar. Tiene derecho a “sentarse”, como los varones, a escuchar la Palabra de Dios. Por eso acoge a María como discípula, en el mismo plano y con los mismos derechos que los varones.
¡Cuánto nos falta todavía en la Iglesia y en la sociedad para mirar y tratar a la mujer como lo hacía Jesús!
Sólo una cosa es necesaria
Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente la entrega a los demás. Escuchar a Jesús solamente tiene sentido si después se “pone en obra” el mensaje escuchado de Jesús. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad sin saber con qué criterios se actúa. Por eso lo importante es el mensaje-evangelio de Jesús. Y el mensaje de Jesús resulta tan radicalmente nuevo que no se entenderá si no se le presta toda la atención; lo acabaremos falseando si lo escuchamos con la atención dispersa por demasiadas preocupaciones.
Lo que Jesús quiere de Marta no es el servicio externo, que lo podría hacer un trabajador a sueldo o una máquina. Lo que Jesús quiere es una entrega personal. Para ello, ha de sentarse como María para escuchar el evangelio del Reino y su Justicia, que es lo “único necesario”.
Por otra parte, para que su escucha resulte evangélica, María debe levantarse después y cumplir la palabra de Jesús y ser “buen Samaritano”.
viernes, 7 de junio de 2013
X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
El Profeta de la vida
P. Félix Zaragoza
Texto: Lucas 7, 11-17
Ya fuera del tiempo pascual, retomamos la lectura casi-continua del evangelio de Lucas que se interrumpió al empezar la cuaresma.
Este domingo leemos una de las páginas más emotivas: la resurrección del hijo de una viuda de Naím.
Este domingo leemos una de las páginas más emotivas: la resurrección del hijo de una viuda de Naím.
Después de curar al siervo de un centurión romano en Cafarnaúm, Jesús se marchó a Naím, un pueblo donde el profeta Eliseo resucitó al hijo de la sunamita (2 Reyes 4, 18-37).
Naím, una ciudad amurallada. Lucas hace confluir en ella dos comitivas: la de Jesús, acompañado de los discípulos portadores de vida, y la del cortejo fúnebre que acompaña a una viuda, que estaba de luto por la muerte de su hijo único. Jesús se acerca por propia iniciativa, sin que nadie se lo pida: “cuando se acercaba a las puertas de la ciudad resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda”.
Naím representa una religión que era incapaz de dar vida. La ciudad amurallada, es como un seno materno lleno de muerte. La comitiva se confunde y se identifica con la viuda: sin vitalidad, lo único que queda son los ritos propios de una religión de muertos. ¿Con que tipos de religión se encuentra Jesús hoy?
El que fuera “hijo único”, excluye un posible recambio, otro hijo que sustituyera al difunto. No hay esperanza humana posible. Jesús muestra su compasión hacia su pueblo personificado por la viuda. Jesús dice: “no llores” y remueve el obstáculo que impedía la vida: “acercándose, tocó el ataúd y dijo: ¡Joven, a ti te hablo, levántate!”. Primero era necesario transgredir (“tocó el ataúd”) el tabú religioso de que quedaba impuro el que tocaba un muerto, puesto que la observancia de la religión era precisamente la que había consumido la vida del joven. Jesús llama a la vida al joven – adolescente que apenas acaba de abrirse a ella y que ya está muerto.
La gente saca conclusiones sobre Jesús: “un gran profeta ha surgido entre nosotros”. El gesto de Jesús de levantar al joven es interpretado como el profeta de la vida.
¡Cuántas veces Jesús no se habrá compadecido de nuestra humanidad y de nuestra Iglesia, cuando, en lugar de dar vida… se ha comportado como una religión de muertos!
El evangelio de hoy es un aviso dirigido a todos los que creemos en Dios y no estamos al servicio de la vida del hombre, para que cada persona tenga una vida digna.
La resurrección del joven nos hace ver que, por muy negra que sea la crisis, siempre hay posibilidad de reavivar la Iglesia, como parece está pensando el papa Francisco.
El mandato de vivir
Nos quejamos tanto de los problemas, trabajos y penalidades de nuestro vivir diario que corremos el riesgo de olvidar que la vida es un regalo. El gran regalo que todos hemos recibido de Dios. Si no hubiéramos nacido, nadie nos habría echado en falta. Nadie habría notado nuestra ausencia.
Y, sin embargo, vivimos. Se ha producido ese milagro único e irrepetible que es mi vida. Cada uno de los hombres representa algo nuevo, algo que nunca antes existió, algo original y único. Nadie ha visto ni verá el mundo con mis ojos. Nadie acariciará con mis manos, nadie rezará a Dios con mis labios. Nadie amará nunca con mi corazón.
Mi vida es irrepetible. Es tarea mía y sólo yo la puedo vivir. Si yo no lo hago, quedará para siempre sin hacer. Habrá en el mundo un vacío que nadie podrá llenar. Por eso, aunque muchas veces lo olvidamos, el primer mandato que los hombres recibíamos de Dios es vivir.
Nuestro primer gesto de obediencia a Dios es vivir, amar la vida, acogerla con corazón agradecido, cuidarla, la propia y la de los demás, con solicitud, desplegar todas las posibilidades encerradas en nosotros.
La fe cristiana es precisamente un principio de vida, vida sana, plena, digna, feliz. Porque Dios es Dios de la vida. Creemos que Dios es Padre, “alguien que hace vivir”. ¡Joven, a ti te hablo, vive, levántate!
miércoles, 29 de mayo de 2013
FIESTA DEL CORPUS CHRISTI

Vida Eucarística
P. Félix Zaragoza
Texto: Lucas 9,11-17
Hoy, todavía como eco de la Pascua, celebramos la fiesta del Corpus Christi. Esta fiesta nos ayuda a apreciar lo que constituye el centro de nuestra vida cristiana: La Eucaristía.
Como cada domingo ponemos el pan partido y la copa derramada en el centro de nuestra vida, en el centro de la Iglesia y en el centro del mundo. Hoy lo hacemos en solemnidad: Fiesta del Corpus.
Como cada domingo ponemos el pan partido y la copa derramada en el centro de nuestra vida, en el centro de la Iglesia y en el centro del mundo. Hoy lo hacemos en solemnidad: Fiesta del Corpus.
Celebrar la Eucaristía es invitar a todos los hambrientos de Dios, de verdad y justicia, de pan, de paz y solidaridad...
Esto para nosotros significa hacer de la vida una Eucaristía y que la Eucaristía sea celebrar la vida.
La multiplicación de los panes, en realidad, es una verdadera eucaristía. Aparecen los mismos gestos: tomar el pan, bendecirlo, partirlo, repartirlo. Estos gestos son los que caracterizan a Jesús y permiten reconocerlo, sea con pan y vino o con panes y peces, como escuchamos en el evangelio de hoy. Gestos que son acciones y que resumen lo que Jesús hizo en su vida y lo que nosotros estamos llamados a hacer con la nuestra: tomarla, bendecirla, partirla, repartirla...
Para que nuestra vida sea eucaristía es necesario ante todo tomarla en nuestras manos. Es decir, hacernos cargo de ella, no vivirla a medias, ni superficialmente, no vivirla de prestado, sino en toda su profundidad. Ser conscientes de nuestra propia realidad con sus potencias y limitaciones, viviendo con autenticidad.
Dar gracias, bendecirla, nos estimula a vivir en clave de gratuidad: todo lo hemos recibido de Dios. Pero ¿cómo vivir así en un mundo donde todo se compra?. Identificándonos con los sentimientos de Jesús: “dejándonos comer”.
Finalmente, el pan partido está para repartirlo, no para almacenarlo. Quien reparte es un sirviente, un criado. Así se comporta Jesús: siendo líder indiscutible del grupo se presentó y actuó como criado, realizando gestos humildes de servicio.
“Hagan esto en memoria mía” es una exhortación a actuar, llevando en nuestra vida las marcas de la vida, muerte y resurrección del Señor. Es mucho más que repetir los gestos sacramentales como rito. Se trata de que toda la existencia cristiana se active para vivir en gratuidad, entrega, solidaridad, servicio...
Desde esta perspectiva, el “denles ustedes de comer” que hoy hemos escuchado es un eco concreto del “hagan esto en memoria mía”.
Nuestra vida eucarística está en camino hacia la Eucaristía Eterna, y entre tanto cada domingo se nutre del Cuerpo y Sangre de Cristo, alimento para el camino. Por este motivo la Eucaristía es el banquete de los que se cansan de caminar, de los que dudan, de los que necesitan cobrar fuerzas y ánimos para ejercer diariamente el memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. No es “pan para los ángeles” (que no lo necesitan), sino “pan para los débiles”, cansados y agobiados, que anuncian la muerte del Señor hasta que vuelva.
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